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lunes, 20 de febrero de 2012

Historias del Viso. Cap 7. Limpiando la alberca

7. Limpiando la alberca

Algunos días del verano resultaban inesperadas joyas del disfrute colectivo. El asunto era simple: limpiar la alberca.

Por aquella época existían tres grandes y una pequeña. Las grandes eran las de la casa, la del pozo grande y la de la Huerta Chica. La pequeña quedaba por detrás de la casilla de la granja (que luego seria la casa de los primos mayores). Las dos primeras eran las mas utilizadas, sobre todo por que nos cogían mas a mano, pero recuerdo que en alguna ocasión nos bañamos en la de la Huerta Chica, con bastante aprensión, porque habitualmente estaba llena de algas, y no ver el fondo, aunque estábamos acostumbrados a esto por las turbias aguas de los canales de riego del arrozal, siempre daba pie a imaginar la existencia de bestias mitológicas, sobre todo para Bosco esto era un principio de fe irrenunciable. La gótica portada de una antigua edición de ‘Viaje al centro de la Tierra’ de Julio Verne tenia toda la culpa. Bosco creía, lo sentía en lo más profundo del alma, que debajo de las algas acechaban los enormes y feroces dinosaurios que se mataban a bocados en la antedicha portada.

Todo comenzaba con el enguarramiento del agua de la alberca. Si daba la casualidad de que no se regara durante algún tiempo, el agua quedaba estancada y evolucionaba rápidamente a charca de los osos montañosos.

Larguísimas y finas algas verdes lo cubrían todo en pocos días. Si las cogías con cuidado, con gesto de vendedor de telas, y las dejabas al sol, en un solo día quedaban secas y con un aspecto parecidísimo a los tejidos de lino étnicos.. Aunque alguna vez ensayamos el usarlas como telas resultaron demasiado frágiles para estos menesteres. En cualquier caso eran también conocidas por los que vivíamos en el entorno marismeño y siempre quedan en mi recuerdo como trofeos secundarios de la limpia de canales y piqueras.

Pero no todo era elegancia en el mundo vegetal. También existían otras algas que salían del fondo de la alberca, con aspecto de pellejos de ranas, verde marrón y negro. El gas que las subía a la superficie era más o menos pestoso y a veces quedaba en forma de roñosas burbujas que festoneaban miserablemente las pellejosas algas.

Y por ultimo, oculto a la vista por tanta exuberancia, estaba el propio fondo de la alberca, Limo verdoso y algo de arena con un espesor suficiente como para dar mucha guerra.

Hemos terminado la comida y hemos intentado hacer algo en la larga vigilia que precede al baño. Nos hemos peleado a cojinazos, hasta que algún mayor nos ha hecho retroceder a los escondites previstos para estos ataques. También se ha intentado con la brisca, hasta que una pelea entre los angelitos ha deshecho la timba. La partida de parchís (por turnos) que intentaban otros fue repetidas veces destruida por los cojinazos, y al final quedo definitivamente desconvocada por disensiones en cuanto a la posición de las fichas movidas por los inevitables cojinazos. En fin hemos hecho lo que se dice la siesta y el reloj va a dar la hora de salida.

‘¿Por qué no limpiáis la alberca grande? Ya se ve muy sucia’, nos dice la tía Isabel a algunos de los mayores que andamos por allí (tenemos mas edad que otros, y eso es ser mayores).

En tromba salimos por la puerta de la cocina hacia la alberca. Cogemos cubos y capazos, y también alguna pala plana para recoger la tierra y el limo del fondo. El sol aprieta fuerte de verdad a esa hora. Unos caminamos en la mínima sombra que nos da la tapia del patio. Otros van a brincos por el terraplén del Paraíso, la arena achicharra los tiernos pies.

Cuando llegamos a la alberca ya está casi vacía. Se ha estado regando por la mañana y apenas quedan 20 o 30 centímetros de agua al fondo. Los mas rápidos bajamos apoyándonos en las guías del tirador de las válvulas (hay 1 o 2 en cada alberca).

‘¡¡ Que asco, el barro me llega al tobillo!!’.

Desde allí ayudamos a bajar a los demás. Lo normal, siempre hay inocentes, es que a los de abajo se les vaya el apoyo al final, y ya se produce el primer enguarramiento. Una mínima pelea se resuelve con un par de gritos de Mariangeles

‘¡¡ Rafa, Joselui dejarse de pamplina o se lo digo a papá!!’.

La prima Mari Ángeles tiene un fantástico chorro de voz y es capaz de hablar la mar de aprisa. A mi la verdad es que me encantaria ser capaz de hablar así.

Abrimos la válvula y con la ayuda de tablas empujamos el agua forzándola a salir por el agujero. El suelo esta resbaladizo y pronto entre los empujadores cunden los guarrazos. De todos modos gusta eso de empujar y ver como la ola de roña se estrella contra la pared y como salpica a los que están por allí. Cuando ya queda poco nivel y la tabla no sirve cogemos el agua sucia con cubos y la subimos hasta el borde la piscina y desde allí se tira al canalillo de riego. Nos ponemos haciendo una cadena para acabar antes. Al cabo de un rato lo que queda al fondo es todo mierda. Dentro de la alberca el aire está recalentado y huele intensamente a rana. Estamos salpicados pero aun intentamos mantenernos limpios. Si algo se nos cae encima es por accidente. Hasta ahora.

Ester, que está de ayudante en el borde de la alberca, le ha echado a Germán medio cubo encima, y aunque ha sido sin querer, se ríe como si lo acabara de inventar. Me gustan las carcajadas de Ester. Tiene algo como cínico y muy natural en su risa. German la mira entre vengativo y acongojado. Me solidarizo con él y le largo una palada de roña a las piernas de Ester. Mariangeles deja a Bosco hecho un Cristo, y también se ríe el doble de bien que Ester, y grita muchísimo entre risa y risa,  y en poco segundos los diez o doce que andamos por allí somos todos ratas de pantano. German le echa medio cubo en la espalda a Manolo; Lucia y Fabiola, que andan por el piso de arriba aprovechan lo que queda en los cubos para contribuir al follón. Poco a poco vamos quedando fuera de combate, los ojos son puntos muy débiles. Ya se maldice y amenaza mas que se hace. Hay una llamada a la santa cruzada de la limpieza y volvemos a recoger lo que hemos desparramado. Cuando ya queda muy poco aparece Blas.

‘Dale al pozo Blas, que nos hace falta agua limpia’.

Soltamos los cacharros y nos ponemos debajo del tubo que trae el agua del pozo. Se oye gorgotear y entre empujones por ser el primero y quitarse de en medio rápido, el agua sale helada, nos vamos descubriendo las caras. Se corta el agua y recogemos lo que queda hasta dejarlo limpio, y ya puede llenarse del todo.

Es un gustazo bañarse así, mientras el agua sube poco a poco, y como las paredes y el suelo se han calentado al sol, el agua se entibia y esto tiene más de bañera que del gélido ártico habitual del agua del pozo. También nos gusta eso de que solo te llegue a la rodilla y ahora se agregan otros más pequeños del rebaño. Las tías Isabel y Maria nos dan el visto bueno y nos sentimos la mar de importantes por lo que hemos hecho.

Al fondo, en un suspiro del aire, se oye la voz del muezín ‘¡¡¡ la beriendaaaa ....!!’. No necesitamos el segundo toque. La tía Merche tiene una capacidad de convocatoria irresistible.

domingo, 19 de febrero de 2012

El origen del Futuro del Holograma


El futuro del Holograma

         Es difícil explicar el origen de la vida. Tanto que no hay aún una teoría completa acerca de él. Solo sabemos que los elementos precursores de la vida pueden crearse en ambientes carentes de ella. La simple interacción química y posibles elementos catalizadores (arcillas, gases volcánicos) crearon a lo largo del tiempo inicial una gran cantidad de experimentos.

Y acabó habiendo células, y vida. En un tiempo increíblemente corto. Desde el fin del período de acreción de planetesimales y la posterior lluvia de meteoritos, el comienzo de la lluvia en la Tierra y la formación de los primeros mares solo se tardaron 700 millones de años (m.a) en que apareciera la vida. Algunos hablan de un período inferior. Bacterias procariotas que aparecieron hace 3800 m.a.

         Se tardó muchisimo tiempo en el siguiente paso evolutivo: entre 1.000 y 1.500 m.a hace que aparecieron las células con un núcleo definido (Eucariotas)

         Pero la vida tardó aún más en dar el gran salto: unir más de una célula en un organismo. Eso ocurrió hace unos 900 m.a. Poner a dos de acuerdo fue muy difícil.

         Poco después llego el primer episodio de la ‘Tierra Bola de Nieve’. Hace unos 750 m.a. toda la superficie de la Tierra quedó cubierta por placas de nieve – hielo. Esta situación se mantuvo durante 10-20 m.a. y puso en gran peligro la evolución de la vida. Estos periodos parece ser que se repitieron en los siguientes 170 m.a. aunque con menor intensidad que en el primero.

         En esta etapa comenzó la gran edad de las algas. Pluricelulares. Lo inventaron casi todo: 5 formas diferentes de reproducción,  fotosíntesis organizada y eficiente, proteínas complejas, gran producción de oxigeno y los primeros ‘ojos’.

         Hace 570 m.a se dispara la diversidad en la vida: Ediacara. Una explosión de inventiva y de prototipos defectuosos. Los primeros invertebrados. 

         En solo 15 o 20 millones de años se seleccionan las líneas base de la vida actual: los phylum. La depredación se muestra con intensidad. Y poco después, cuando ya algunas plantas se han hecho terrestres, varios de los depredados desplazan su entorno hacia aguas someras e inician salidas a tierra firme para hacer puestas más seguras y de paso conocen que en tierra ya hay alimentos disponibles.

         Los reptiles (hace 250 m.a.)’inventan’ el huevo, esencial para llevarse el mar a cualquier parte, en el que sus embriones se desarrollan en un medio húmedo. También tienen una fisiología eficiente para el agua. Además nuestro cerebro tiene en su capa mas interna la misma estructura que el de un reptil. Jerarquía y territorialidad. Como un basilisco...

         Por la misma época aparecen los mamíferos. Pero tendrán que esperar hasta la desaparición de los dinosaurios para tener una gran oportunidad y coger carrera: hace 65 m.a.

         Hace unos 4 millones de años aparecen primates que se diversifican y sobre todo evolucionan de forma cada vez mas rápida, hasta el punto de iniciar el lenguaje y poco después el consumo de enteógenos y la conciencia.

         Hace unos 50.000 años el cerebro que había inventado el yo, el holograma, dejo que este comenzara a describir el mundo mas allá de las sensaciones de los sentidos y el holograma creó el arte, las teogonías y los tabúes.

          Las mujeres disponían del holograma más avanzado, más social, con mayor capacidad de comunicación y de amor: hace 15.000 años crearon la agricultura y la domesticación de animales. La agricultura obligó a las personas a permanecer de forma prolongada en un mismo lugar: Agricultura y Propiedad. Y esto nos llevó a la guerra. 

         La guerra se constituyó en el principal estimulo para el crecimiento de los grupos: más se defienden mejor, y situó al holograma hombre en una nueva posición de poder. Los poblados y ciudades y el mayor tamaño del grupo dió origen a castas, jerarquías y a la aparición inevitable de oportunistas, elementos que explotan los recursos del grupo sin dar nada a cambio. Desarrollan un holograma inteligente, adaptativo y muy escaso en amor.

         También las ciudades impulsan la industria, el comercio, las comunicaciones y el conocimiento. El Holograma crece y empieza a ser consciente de si mismo. Se cierra un círculo: el cerebro inventó el holograma y el holograma descubre que él es una creación del cerebro.

         En el intento de conocerse el Holograma halló la ética, la filosofía, la lógica, el pensamiento analítico, las matemáticas y la ciencia.

         Hoy muchos dispositivos pueden crear proyecciones visuales y hologramas, pero solo nosotros, solo el Holograma está aprendiendo a tocar las teclas y botones de su ‘machina mater’. De que lo haga bien depende nuestro futuro, el Futuro del Holograma.

viernes, 17 de febrero de 2012

Memoria del desarraigo - 1952 (Invierno)


1.952


    Sentado junto a la candela con la pelliza sobre los hombros, liaba un cigarro de cuarterón; parecía imposible que aquellas manos encallecidas, con dedos y uñas como garras, pudieran elaborar algo tan delicado y perfecto sin perder una brizna de picadura; el cigarro en los labios del Moreno era un pequeño trazo blanco que absorbía toda la luz de su rostro; al acercar el palito encendido, la llamita dejó ver arrugas y surcos renegridos y una semana de barba; la cabeza del Moreno era la de un mulo castellano en la que contrastaba con su tosquedad una dentadura blanca y perfecta, aún intacta, apenas maculada por un colmillo de oro de sus tiempos legionarios.  La lluvia de la invernada arreciaba sobre el tejado de uralita del cobertizo con un redoble insistente y monótono que amodorraba a hombres y animales; los perros bostezaban sacando un palmo de lengua representando como nadie la pasividad  invernal. Sobre las trébedes hervía una olla con agua, sal y habas cochineras dejando el vapor estancado a media altura  sin  querer mezclarse con la levedad de la brisa húmeda que  a trechos se colaba por el portón. Cuando Manuela echó un manojo de poleo y hierbabuena en la olla un olor fresco y dulzón se adueñó por unos instantes del cobertizo imponiéndose por encima del humo de boñigas, cañas y tabaco. La quietud se apoderaba de todo; los hombres hablaban pausadamente esperando a que Manuela vertiera la olla en un lebrillito vidriado de amarillo canario con chafarrinones verdes. No hay nada más caliente que un haba gorda recién cocida; los pellejos volaban a la candela y la latilla del vino iba de mano en mano. Ni aún así los hombres de la marisma perdían su costumbre de comer despacio, en silencio y serios, masticando muy bien y dándole bocados al pan. La hora del almuerzo o la cena se notaba en las chozas y en las casillas porque no se escuchaba ni una sola voz, parecía que  era el momento más importante del día; incluso en el tajo se comía el tocino y el pan en silencio, al perro se le tiraba la corteza y algún pedacito de pan, que atrapaba al vuelo, porque era útil y también para que dejase un instante de mirar tragando saliva. Al menos, en la Isla, el pobre tenía un tajo, el pan y un perro. Llamaba poderosamente la atención aquel silencio que contrastaba con la ruidosa mesa del abuelo. Allí se discutía, se hablaba a gritos y se dirimían las diferencias. La comida no era un fin en sí mismo como en la mesa de los pobres, sino un foro ruidoso y a veces divertido. A los colonos venidos de tierras levantinas se les notaba cuándo estaban juntando algún duro porque progresivamente iba aumentando el ruido de su mesa.   
 
         En la invernada apenas había nada que hacer hasta que llegaran las frías mañanas de enero y los hombres rompieran  el hielo de los charcos con los pies descalzos siguiendo el arado de vertedera por la tierra fangosa del arrozal.

          Por la noche irían a cazar al cerrado de Pérez de la Concha  terreras y cogujadas con farol y cencerro  y por la mañana pelarían más de medio saco de pájaros que acabarían en un perol renegrido y generosamente surtido de aceite pileño, espeso y verde.
 
         Todos los olores de la marisma huían en estos días, parecía que se habían perdido; sólo quedaba el olor acre del estiércol cuando tocaba sacarlo de la cuadra. El olor del estiércol fresco, al levantar las pellas con el bieldo, no se olvida nunca. No es desagradable, es  fuerte y queda gravado en la memoria y se asocia con el primer cigarro frente al Lucio de la Esperanza, o las carnes adolescentes y prietas de Chari y su aliento agónico en el fragor de la refriega iniciática cuando se desea más que nunca tener diez y ocho manos para llegar a todas partes al mismo tiempo.  
 
      En el mismo perol renegrido se freirían los pestiños en Navidad. La vieja Valle, gorda y muy blanca, cantaría viejos romances con salmodia  monótona mientras estirara la masa: El del soldado que matan en tierra de moros y cuenta con todo lujo de detalles la pena de la madre y la desesperación de la novia que cortó para siempre su hermosa melena negra y “enrrizá” y pedía a gritos que un alma caritativa le cosiera con aguja e hilo sus partes más escondidas y de paso le cortara los pechos. Y aquel otro, en el que  la muchacha pobre y decente mata al señorito de cuatro navajazos a fin de conservar su honra, y de lo mal que fue comprendida por la justicia terrena, que la mandó agarrotar en la plaza de Écija, ante un pueblo llano compungido al que se premió con la visión de Santa María Magdalena abrazando el alma de la ajusticiada y conduciéndola al Paraíso con una legión de santos de nombres raros, a los que la vieja Valle les iba asignando sus atributos y patronazgos; incluso había uno  protector de los cancos y otro de los maricones. Los romances de la vieja Valle eran largos, tristes y siempre acababan mal, en los que al pobre siempre le tocaba joderse y en contadas ocasiones el rico era castigado. No había romances de la última contienda civil, tan reciente, de ella nadie hablaba, ni en verso ni en prosa; a veces se susurraba algún suceso mirando de reojo. En cambio todos hablaban del “añolajambre”, mucho más reciente, de la aventura diaria para comer algo incomible, que ya parecía lejano. Valle se limpiaba los dedos aceitosos en el moño, grande y blanco, como toda ella; presumía de no haberse lavado el pelo en su vida y de aceitárselo con la pringue de la fritanga y ese era el motivo de conservar, a sus años  y tras once partos, un pelo tan abundante y tan hermosamente blanco.  Las comadres de los barracones, las de las casillas y las de las chozas venidas de todas las hambres del sur, suspiraban doloridas al escuchar aquellas historias truculentas. 
 
       Luis Patasdealambre, huido de las fraguas  de La Viña por una cuestión la mar de tonta con los familiares de una gitana que se pusieron chocantes con un payo atrevido, cantaría por bulerías y cuchufletas en las que también  bailaba remedando a un cojo y se tiraba cuescos apretados sin perder el compás. Le acompañaban a las palmas el Moreno  y Antonio Salado  tempranamente huérfano de una puta de La Alameda y que tuvo que abandonar su oficio de chulo cuando en la Brigadilla de La Calzada le leyeron la cartilla y lo dejaron baldado de una paliza por pedirle cuentas nada menos que al Secretario del Gobierno Civil que pretendía disfrutar de un imaginario derecho de pernada.   Cuando las mujeres colorearan con el moscatel y el aguardiente anisado apestara el aliento de los hombres, el Moreno se arrancaría a cantar con un quejido ronco, largo y seco, que provocaría un silencio estremecido y vibrante; los versos en tercetos rotos contarían toda una vida en muy pocas palabras, los hombres y las mujeres asentirían a afirmaciones tan solemnes y sin posible contradicción; los olés, en su sitio, asordinados;  los niños miraríamos asustados aquella actitud dolorida y  oiríamos sobrecogidos el lamento centenario. 

Historias del tren - Desde Cadiz a Sevilla, sin pasar por Jerez


Desde Cádiz a Sevilla, sin pasar por Jerez.

El título salió fácil, una frase que formaba parte de una antigua bulería que cantaba la Lole:

‘Compare, dígame ustè
si de Cai a Sevilla
hay que pasá por Jeré’

Posiblemente no hubiera escrito nada de lo que sigue si no fuera por la provocación que supuso ver a un vecino de asiento (al otro lado del pasillo) haciendo lo propio en el lento tren que me llevaba de Cádiz a Sevilla.

En el asiento delantero se está medio durmiendo una chica, delgada y de mirada solvente, a fin de cuentas nunca había calificado así a ninguna mirada y ya iba siendo hora. Ella no sabe que de buena gana la incordiaría durante todo el viaje, no por el ánimo de incordiar sino por ese espíritu romántico que siempre se manifiesta en mi cuando viajo, que me hace sentirme abierto y me abre las ganas de conocer y de darme. Además de su mirada solvente es hermosa y delicada y su estado de somnolencia despierta mi deseo de proteger. Pero nada de esto importa ni se dice, callados viajamos, callados vivimos.

Cada pausa en la escritura es producto de un accidente ortográfico (se acabó el párrafo) o de una interrupción en el fluir natural del relato, de la mente a los dedos, de lo analógico a lo digital que diría un castizo filosofo del software. En este caso la interrupción fue producto de la imposibilidad de seguir hablando de la chica so pena de iniciar una tórrida y remolinante descripción de lo posible como una simple traslación de lo deseable, de lo concreto, de lo inesperado, de lo molesto.

El vecino ya dejó su portátil para otra ocasión. A su lado una chica de cierto volumen y de densa belleza, exhibe unas tecnológicas zapatillas que dejan ver el chasis y la sofisticada suspensión que permite la gracilidad a costa de un ¿lamentable? aspecto de ciborg. A mi lado un silencioso señor se prepara para dar su ticket al revisor, de aspecto rebuscado entre inspector de hacienda y lector de poemas al atardecer.

Quizás la realidad sea una pero no hay como estar con ganas de contarla para creer que son muchas y escurridizas. La realidad es como un lento remolino de abanicos transparentes en los que invisibles cámaras proyectan historias que por azar parecen parte de la misma historia. Yo soy el abanico, la cámara y el lento remolino. El resto, lo que no importa, lo esencial, es el mundo.

En estos despaciosos trenes las paradas son mas notorias que en el AVE. Aunque duren lo mismo parecen, por mimetismo del lento andar, mas largas. Son menos exóticas que las de las ‘viajeras’ de los años 50 y 60, con sus techos llenos de enseres y personas, que recordaban alegres milicianos al asalto de una taberna ya rendida, pero siguen siendo más ‘de aquí’ que las de los modernos trenes.

La tecnología no solo no es un paradigma de verdad, es cada vez más una máscara que esconde cualquier verdad. El monstruo transgénico, mitad reptil mitad felino, que es un AVE, transforma en su vientre las realidades de nuestro ser, y somos, incluso lo creemos, gente dinámica que necesita ahorrar a toda costa cada minuto de viaje para dedicarlo a un trabajo, a un ocio, a un propósito que es el que 'engrandece' nuestra vida y le da sentido. Con una frecuencia que resulta hiriente, esos minutos ganados se vacían entre atascos, retrasos en las citas e imprevistos que son la verdadera realidad y no, como queremos creer, simples inconvenientes en el paraíso del tiempo ganado al tiempo.

Cuantas veces recuerdo una hermosa frase que me atrajo por la sutileza irónica y sabia de sus palabras, ‘La vida son esas cosas que nos pasan cuando no estamos haciendo algo importante’

En nuestra cultura, que se diluye, como todo lo humano, en la lluvia de los años, vestirse de gala los Domingos era más que un atavismo cultural religioso; expresaba nuestro deseo de mostrarnos renovados y espléndidos, de querer ser todos los días así de guapos y notorios, por encimo de lo normal. Hoy ya no basta con serlo un día, hay que serlo todos y a todas horas sin que uno sea diferente del otro, sin que sea ‘solo’ el Domingo. Y lo hacemos con móviles, coches, relojes, perfumes, gafas, ropas, discos.... Casi nunca con la mirada abierta, la palabra honrada, la mano tendida; apremiados y confiados en todo ese montón de tiempo que ganamos con la eficacia, la velocidad, la baratura de lo que nos rodea...

Viajar lento no te devuelve a otro tiempo, te hace vivir en este momento otra vida menos promocionada y menos comprometida con las exigencias del marketing y de la modernidad. Miras, piensas, dormitas y escribes. Quizás no sea esencialmente mejor que lo otro, pero crea un tiempo diferente y eso es lo que te llena la vida, llenar el tiempo de vida.



Entre Cádiz y Sevilla a 15 de Abril de 2004

jueves, 16 de febrero de 2012

Historias del Viso. Cap 4. La alberca: baño, fruta y juegos


4. La alberca: baño, fruta y juego


Parte I.

“Hace calor a esta hora de la mañana. Bajando desde la granja, el sol calienta la piel,  y el reverbero de la cal en el muro del corralón empieza a ser molesto. No bajamos corriendo porque el cubo de tomates resulta un tanto pesado, y porque además sudaríamos y el ojo vigilante de la tía Merche no se perdería el detalle, lo que pondría en peligro nuestro baño de las 11. Todo se aprende y todo vale para que el día sea pleno. Llegamos al muro del patio y nos vamos derechos al examen de la tía, y a ver si nos da unas pipas, que tostó la tarde anterior. Pasamos por la cuadra, salimos al gran patio interior del caserón, y por allí a la entrada de la cocina. Llevamos el cubo con los tomates recién cogidos a que los vea el abuelo, que está sentado en el salón, o muchas veces en la entrada del jardín tomando el sol de la mañana

‘Bons, bons. Ala, anéu a l’auia’ nos dice el abuelo, la voz pausada, el limpio olor a heno de su piel.

‘tía, dejamos los tomates y nos vamos a la alberca’.

La tía sale de la despensa, con los antebrazos salpicados de la harina que cubre los molletes de Marchena. Nos sonríe, la cosa va bien

‘Ale, ya habéis terminado?. Pues venga a bañarse y tenguiu cuidao’.”

La pintura de la gran puerta del jardín se ha calentado y aporta un olor especial que acabamos por confundir con el olor del verano. El emparrado crea una luz imposible de definir y al fondo, a nuestra derecha, brillando al sol se ve la torrecilla y el tobogán por el que cae el agua recién salida del pozo hacia la pileta y la alberca. Corremos, trepamos por el tinaor (*) y a pulso subimos al muro de la alberca (así es mas machote). Casi siempre tenias que mirar en busca de avispas o, mejor, en busca de un hueco por el que pasar. No siempre terminaban bien esos pasos de las Termópilas avispadas y algún que otro llanto daba fe de la intolerancia de unas y la inexperiencia de otros. Lo importante era pasar.

(*) Pileta alta poco profunda con agua para abrevar el ganado.

 El agua huele a limpísimo, a frescura, a pozo. La pileta que precede a la alberca es el sitio de entrenamiento para los más pequeños, o los menos atrevidos. Es un mal signo lo de meterse allí. Además los tíos Juan y Rafael, sobre todo el tío Juan, lo usan como lugar de caza de los más despistados. Hay que estar con mil ojos por si alguno se acerca, pero eso es otra historia...”

El camino oficial a la alberca pasa por delante de la torrecilla y sube por una rampa muy amplia que salva un metro y medio de desnivel y da a una especie de llano circular con el brocal del pozo en el medio. El brocal es de ladrillo encalado y tiene en algunas zonas musgo gris y liquen amarillo. Es un sitio tentador, huele a eterno, a frescura, y es ‘perillós’, por eso daremos muchas vueltas a su alrededor y miraremos, apoyados en él y con los píes de puntillas, el brillo del agua al fondo, las telarañosas paredes, mientras oímos los ecos de las gotas de agua que caen de las paredes y también de nuestro pelo recién mojado... Las ves caer y multiplicarse en pausadas y perfectas circunferencias que avanzan delicadamente hacia todas las paredes del pozo. Luego retroceden y tejen efímeras mallas en la antes lisa superficie del agua...

Si querías mas emociones podías llegar hasta muy cerca del nivel del agua, No era fácil, había que convencer a algún mayor para que abriera la puerta que daba paso a una rampa en galería por la que se llegaba a una estancia circular en cuyo centro se abría la boca del pozo, y que recibía la fantástica luz, que iluminaba por igual todas las direcciones del  lugar. Bajar al pozo siempre te daba un ‘plus’ ante los que no lo habían logrado todavía.

“ El motor está en marcha y el agua cae rápida por el tobogán hasta la pileta y la alberca. Voy tieso como un palo luciendo mi Meyba y su botón-escudo metálico (hoy sería algo parecido a un pin)“..como los que llevan los deportistas famosos” o eso me parece a mi. En cualquier caso lo tengo y no pienso dárselo a nadie, excepto a Bosco si me lo pidiera, pero espero que no pierda el suyo y se lo tenga que dar. Es que Bosco es muy ordenado, dicen mi madre y mis tías, pero también es un desastre para todo lo demás, y hay que estar pendiente de que no se despiste mucho. Ahí viene ya. Maria la de Blas le dice algo y lo entretiene y yo estoy loco por meterme en la alberca.

 ‘Como está de fría Javi?’.

‘Pues fatal, ¿No ves que están regando y que el agua del pozo está siempre helada?’.

Nos quedamos en el borde de la pileta con los pies metidos en la piquera que la une con la alberca.

‘Podemos coger algunas ciruelas y meterlas en el agua’ digo.

‘¿Podemos comerlas y no nos pasa nada con la digestión?’

‘Pero Bosco, si ya lo hemos hecho muchos días y no pasa nada’.

‘Vale Javi, pero que no nos vea la tía por si acaso’ .

Los ciruelos están casi en frente de la entrada al pozo, al otro lado del camino que lleva a los chalets. Tienen mas frutas que ningún árbol del mundo y nunca se acaban. Son 5 o 6 árboles y todos los días los saqueamos y, a pesar de eso, siempre hay más ciruelas caídas de maduras que las que podemos comer. Son moradas, y pesan mucho. Un buen ciruelazo te deja medio tonto y más cabreao que un miura, y siempre hay algún idiota que empieza la pelea. Pero hoy es un día tranquilo porque no han llegado aun todos los primos y cogemos unas cuantas y las llevamos a la pileta. Las ciruelas se hunden a medias, ya nos las comeremos cuando estén mas frías.

El motor ha parado y el agua se va quedando como un espejo. Hay un fuerte olor a limpio en el aire. Toda la vida recordaré la fragancia única del agua del pozo. “

Parte II.

El ritual que precedía al baño alcanzaba el cenit cuando estábamos todos, por fin, gozando del verano. El tema principal era el control de los bañistas, tanto por pasar lista, como por verificar otras realidades. Una de ellas era la hora.

El bonito reloj de péndulo que estaba sobre la puerta principal era el corazón de la casa. Estoy seguro que en timeshare el reloj era tan visto como la tele. La casa se movía en un conteo regular del tiempo: cada cosa en su momento. Aunque nosotros teníamos dos horas principales a vigilar: las 11 de la mañana y unas muy toreras 5 de la tarde, que señalaban las dos aperturas de baños del día.

La tía Merche controlaba la salida de la cocina, que al principio no era la más habitual, pues solíamos bañarnos en la alberca cercana a la casa. Pero al crecer íbamos con más frecuencia a la de las colmenas. Su buena memoria, y su ojo vigilante, se complementaban de maravilla en supervisar la salida. En rápidos desplazamientos ‘.. aprofitant q’anava a la despensa per d’aixo y d’alló..’ controlaba también la del jardín, el gran portón

‘¿ Cuanto hase del desayuno?¿Has hecho ya la digestión? En lo menos 2 hores y mitxa, que ens podeu agarrar un corte de digestió y morirse al momento..’

Y toda la andanada de una vez, bendita la energía de la tía Merche, que te dejaba con la maquinaria digestiva a todo tren, que no quedara ni una miga por digerir no te fueras a morir de golpe. Y el tono raras veces podía diferenciarse de una bronca. De uno en uno o en grupo, nadie escapaba al examen.

Hay que decir, en defensa de la eugenesia predicada, que nunca se murió nadie ‘per agarrar un corte de digestió..’

Varias madres, también celosamente implicadas en el apostolado de la eugenesia, apoyadas por las correspondientes tatas, supervisaban, eso sí con un ojo menos crítico, la balneárica salida. Algunos de nosotros podíamos contar con esta permisiva aduana, pero otros casi preferían el examen de Guardia Civil ‘cocinera’ antes que el de sus propios padres.

Los primeros ya estaban en la pileta del pozo cuando llegábamos los demás, trepando por el tinaor ‘ .. que es mas machote’...

Siempre se montaba alguna peleilla por coger la cámara de tractor que hacia de ‘flota’. Lo normal, también cada día, era que alguno saliera gritando con la pancita ‘en coló carne’ achicharrada al abrazar el neumático recalentado por horas al sol. Inolvidable aquella mezcla de olores: caucho, piel y fragante agua del pozo, intensamente evocadores.

A veces, incluso antes del primer chapuzón general, se iniciaba una caza del lento, para echar  al agua a los menos decididos. Las estampidas fuera del poyete de la alberca eran también la sal de cada día.

El rebaño se juntaba  y una pequeña etapa de cada uno a lo suyo, se disfrutaba con ganas

‘Mira, esta no se mueve’ ‘Ni esta. Vamos a revivirla’.

Cada uno coge una avispa, de las que siempre hay por el borde la alberca. Los chapuzones y el agua que nos echamos en las peleas, derriban alguna avispa al interior de la alberca y en poco tiempo quedan flotando y vuelven a ser lanzadas al borde por las pequeñas olas que levantamos.

Salimos, por el tinaor, claro, es de machotes, y con una avispa en la mano ya es de supermachote, además de esquivar las que están siempre allí, que no es fácil. 

Al  pie de la torrecita que lleva el agua del pozo siempre hay arena muy caliente. Ponemos la avispa allí y la tapamos con mas arena, hasta hacer un montoncito, al que los mas virgueros darán forma de pequeña tumba en el desierto (para algo vemos las pelis del oeste). Nos buscamos un poco de sombra y esperamos. Pasan dos o tres minutos y la arena del túmulo comienza a derrumbarse y agitarse. Asoma una delgada pata amarilla. La arena se abre por completo y una avispa pataleando se agita en el centro. Se pone en pie

‘La mía es mas rápida’.

Se limpia las alas con mucho mimo. Las antenas. Las mandíbulas. Se gira en una y otra dirección pero sin moverse del sitio. Hace vibrar las alas en cortos impulso. Sin despedidas ni agradecimiento vuela como si no hubiera pasada nada. A fin de cuentas nosotros también tomábamos pastillitas para revivir cuando un enemigo te apistolaba de improviso

‘Toma amigo. Tomate una de estas y te pondrás bien’

‘Ha sido a traición, pero en cuanto le ponga la vista encima lo dejo tieso...’

En la alberca las carreras (a lo largo para los mayores y a lo ancho para los menos mayores) eran uno de los principales pasatiempos. Y por debajo del agua ya ni te digo lo que prestigiaban. Como yo nadaba muy mal, aprendí antes a bucear que a hacer un buen crawl y era de los destacados en este arte. La prima Manola, Mariangeles y Rafa nadaban bastante bien. Bosco era amigo del flota aunque no nadaba mal. Joselu era más lanzado que buen nadador pero era muy competitivo. De todos modos siempre nos peleábamos por pillar un neumático (literalmente lo era) y en vez de montarlo como si fuera un donut, lo doblábamos hasta ponerlo como si fuera un gajo de naranja y lo montábamos como a caballo. Era muy difícil mantener el equilibrio y era normal que si te acercabas al borde alguien te diera un empujan y a tomar por saco el caballito. También jugábamos en grupos a tirar al otro grupo al agua y nunca, ningún santo día, faltaron las ahogadillas que tanto gustaban entre el publico asistente.

Por si no fuera suficiente con el grupito de primates, solían deleitarnos los tíos con algunas demostraciones de ‘Aprende a nadar pronto’, ‘Sin flota y a lo loco’ y otros inventos de la casa que eran muy apreciados entre los tíos, claro.

Si aparecía el tío Vicente, no pasaba nada. ‘Che, com está?’.’Buena tío, mu buena’. La tía Angelita, la tía Isabel Lobato, la tía Rosario o la tía Manola, eran todas del mismo talante. El tío Navarro, ni te digo. Un saludito y a seguir. Algo mas de emoción ponían a veces la tía Maria, La tía Concha o la tía Isabel Grau (y en algunas inesperadas ocasiones los tíos Silvio y Joaquín) Pero ¡ cuidadito la compañía si aparecía el tío Juan o el tío Rafael,! Estos dos eran de aupa. Mas valía que te pillara al otro lado de su lado porque sino aprendías algo nuevo sobre el agua en poco tiempo. Pronto supimos que tras aquellas amables palabras que invitaban a demostrar nuestras habilidades existía el perverso propósito de vernos nadar como si fuéramos la teniente O’neil y aquello fuera un centro de operaciones especiales.

‘Che, tu serias capas de nadar hasta donde esta el tío Rafael?’

’No se tío, esta un poco lejos’

’Che no sigues borinot y nada, collons, tanta explicasió’..

Y con un empujón tu aparecías en medio del helado Ártico e intentabas por todo los medios no llegar hasta donde el tío Rafael, que podía, o bien hacerte otra ingeniosa pregunta o bien decidir que

‘aun no has nadat prou y et be bé tornar pacallá!’.

O una ahogadilla recordatorio, algo así como el reflejo condicionado de Paulov,  para estimular la flotabilidad o algo por el estilo. La verdad es que daban emoción al baño y no puedo dejar de recordarlo con mucho cariño, aunque siendo yo, como era, un autentico cascarrabias no me extraña que me lo hicieran muchas veces, porque merecía la pena ver como me ponía, casi con espumarajos, y estaba claro que por el mismo precio, yo daba mucho mas espectáculo que otros mas pasivos.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Memoria del desarraigo - 1877 (Esclavos)


1.877

      Encaramado en los flechastes del mayor, Don Jacinto, catalejo en mano y traje talar recogido en la cintura, observaba por última vez los toros de Miura que bajaban a beber por la vadera de San Pablo en la Isla Menor; más al norte y junto al Puntal de Maquique, se desparramaba la capa variopinta de los antiguos toros de la Cartuja, que tras largos años de exilio volvían a su pacil junto al río de la mano de Don Fernando de la Concha y Sierra. A Don Jacinto - Don Hasinto le llamaba la tripulación gaditana- le parecía mentira estar contemplando aquel ganado mítico del que había oído hablar en Barcelona: eran los descendientes de los toros de Gerión, que pastaban en las planicies de la Hesperia de su gran poema, de la composición que le obsesionaba y en la que narraba con alucinado verso el hundimiento de La Atlantida; composición que le llevó a la enfermedad el año anterior –anemia cerebral, le diagnosticaron los médicos- pero el sabe del hambre del coadjutor pobre  en la parroquia de Vinyoles d´Orís, cuando el vicario se unió a la partida carlista que ocupó la aldea durante más de un mes, de la negativa del paisanaje, legitimista todo, a compartir con mossén Sinto el poco alimento que las tropas habían dejado. Recuerda los meses en la Barcelona opulenta que iniciaba un renacer  al que él mismo estaba contribuyendo; si, recuerda esos meses de necesidad y mal vivir, que ahora parecen muy lejanos  a pesar del poco tiempo transcurrido.
     
    Los primeros días de octubre eran claros, llenos de quietud, con la luz del equinoccio suavemente tamizada; el régimen de poniente había cesado y  desde el amanecer comenzó una brisa del norte que preludiaba un levante cálido.

       El hedor ya subía de la bodega donde se habían entibado  setenta y dos negros entre machos y hembras. Don Jacinto se refugió en la nostalgia y escribió cuatro versos que incorporaría a su gran obra:

      “¡Terra feliç del Betis, bé n´ets d´hermosa y bella!
Mes ¡ay! la de mos pares may la podré oblidar;
¡oh! Jo vull dir als tebís Lleveigs que venen d´ellá,
Si en un plech de ses ales voldrianmhí   tornar.”      
                  
      Embarcaron a los negros dos días antes esperando el viento favorable que no podía tardar. Los aherrojaron en los grilletes distribuidos por toda la bodega  y durante al menos dos semanas comerían, mearían, cagarían y dormirían sobre el piso de la bodega hasta llegar a Santiago de Cuba.  La rapidez de la moderna goleta, prodigio de la ingeniería naval, alcanzaría  Las Antillas antes  que los negros enfermaran o las negras malparieran y hubiera que arrojarlos por la borda  para  evitar los problemas en el  examen sanitario al arribar a puerto. 

         Sí, mossén Sinto se refugiaba en la nostalgia, en el papel y el tintero y a veces en la cercana Ermita de Ntra. Sra. de Guía sin comprender muy bien que lo que le contaron fuera verdad.  Se embarcó de tapadillo en la falúa que llevaba al práctico del río y al factor de la Compañía Trasatlántica cuatro días después de arribar a Cádiz como capellán de la misma; quería ver y sentir el latido mágico de las feraces praderas  donde pastaron los toros que robó Hércules al irascible Gerión. Se encontró con una bellísima goleta, la “Ntra. Sra. de los Remedios”, limpia, recién carenada y calafateada en La Carraca, bien aparejada y con una tripulación disciplinada y mandada por un capitán alicantino de  aspecto pulcro y ordenancista. En el mástil de popa ondeaba la bandera  roja y gualda con el escudo de una República casi recién estrenada y ya agonizante. Recorrió el entorno, le agradó el sabor del sábalo y del barbo, de los albures que compartió con pescadores y vaqueros, manjares que nunca probó en Folgueroles ni en Can Antona en la Plana de Vic. Recordó por unos días el pagés que fue en su infancia y primera juventud. “Don Hasinto –le dijeron- no se acerque por allí.” 

Entre el  lucio de la Hediónda, y el Puntal de Maquique se levantaban, sobre una veta, unos tinglados grandes con cubierta de castañuela como las chozas, rodeados por una empalizada. “Negreros- le dijeron- gente mala, capaces de partir de un tiro a la mismita puta madre que los parió, y usted perdone la palabra fea, Don Hasinto.”… “Cuando la mar está buena llegan barcas de trajinantes de Sanlúcar y la parte de Cádiz y de Huelva y traen al muelle de La Ermita dos o tres negros o negras,  amarrados como Nuestro Padre Jesús Cautivo. Van los caballistas de noche a por ellos y los llevan allí, a los cobertizos de Los Negreros. Los caballistas no dejan que nadie se acerque. Cuando llega barco, los sacan también de noche y los embarcan amaneciendo. A uno se le parte el corazón con los chillidos que pegan cuando se separa a los hermanos o a las madres de los hijos. Se lían a palos con ellos y los llevan al trote hasta el muelle…”   

      Aquel amanecer, aún entre dos luces, lo despertó el trajín del embarque de los esclavos. Encadenados de dos en dos y de tres en tres, a empellones y varetazos los empujaban a la pasarela. Una vez a bordo, la tripulación actuaba con movimientos precisos, muchas veces repetidos, y en poco tiempo quedaban entibados en la bodega clausurada con los sollados y los encerados previstos para cualquier eventualidad. El factor los contó, comprobó su estado de salud, estimó su edad, firmó los papeles correspondientes con el encargado del depósito de Isla Mayor y con el capitán del barco y deseando buena travesía abordó la falúa  en la que cuatro remeros se pusieron a la boga aprovechando el inicio de la bajamar hasta llegar a La Lisa donde sus dos velas latinas podrían ceñirse a la bolina. 

     A Don Jacinto el espanto lo llevó hasta la cercana ermita medio en ruinas abierta ya por un santero insomne que siempre olía a vino. La menuda figura de Ntra. Sra. de Guía se destacaba en el fondo iluminada por los primeros rayos de sol que entraban por un ventanuco, su rostrillo estaba sucio, su vestido ajado y la corona de hojalata oxidada, pero conservaba su cara de adolescente y  la mirada dulce. Don Jacinto se arrodilló y comenzó a musitar el saludo del Angel Anunciador: “Ave María, gratia plena, Dominus tecum……..”  y acabó en lágrimas el ruego emocionado.    Ya estaba el sol alto cuando oyó vocear su nombre desde el barco para que rezara las oraciones de la mañana, como mandaban las instrucciones de la compañía del muy piadoso Don Antonio López y López.  En la puerta de la ermita, el santero harapiento, con sonrisa de borrachín le aguardaba con una  tajada de melón, un mendrugo y un vaso de manzanilla pasada: “Que esperen Don Hasinto, es menester empezar el día con algo en las tripas.”

     El levante se iba afianzando y la corriente del rió estaba en absoluta calma antes de la bajamar; retiraron la pasarela, soltaron amarras desde la orilla y cuatro marineros levaron el ancla empujando los palos del cabestrante; izaron la cangreja del trinquete y comenzó a moverse lentamente la goleta buscando la canal del río deslizándose aguas abajo por la Cabeza del Moro dejando a estribor La Charra en la Isla Menor y a babor, por sotavento,  el arruinado Hato de Los Jerónimos en la Mayor. Al doblar por el Hoyón de Pescadores en el Cogujón del Arzobispo, se adivinaba a lo lejos el tarajal de Tarfía y ya en un río sin meandros  izaron la cangreja del mayor y uno de los foques.

      En el puente, junto al timonel y al práctico, Don Genaro Morell, el capitán, supervisaba toda la maniobra: “Pero no ponga esa cara, padre. ¿Qué esperaba Don Jacinto? Esto es un negocio como otro cualquiera….. Bueno, un negocio muy rentable desde que los descalabazados de La Gloriosa comenzaron con sus aboliciones. En Cuba hacen falta para los ingenios azucareros y los negros bozales los pagan muy bien, los negros criollos están muy maleados con todo eso de la libertad y otras historias con las que les ponen la cabeza a pájaros. Estos negros son esclavos porque nacieron para esclavos. Los trajinantes se los compran a otros negros en las costas de Guinea o a los moros de Marruecos…..  Y luego los ingleses….. herejes hipócritas, cuando capturan uno de nuestros barcos en nombre de la libertad de todos los hombres, corren a cualquier puerto de América y venden la mercancía de contrabando.  Con un poco de suerte, y si Dios quiere, estaremos en Cuba antes que el vapor correo; este es un barco de verdad, hijo del viento. En Cuba…, ningún problema, Don Antonio es el arrendatario de la Aduana.”

       Al pasar por el Puntal de Carabineros, los aduaneros miraron para otro lado y cuando desembarcó el práctico pasado el Bajo de Guía, se izó el gallardete convenido en el mastelero del mayor y la telegrafía óptica comenzó a trasmitir desde el castillo de Sanlucar a Trebujena, Asta, Jerez, El Cuervo, Las Cabezas…… hasta Madrid, en escasas horas,  la salida a alta mar, sin novedad alguna, del “Ntra Sra. de los Remedios”, que izaba los otros foques, el velacho y las dos escandalosas, largando todo el trapo, con viento de popa.


Joan de la Creu Fotut i Arrimat a Marche 

Historias de la calle - Almuerzo en el bulevar.


   
Almuerzo en el bulevar

El sol me daba por la derecha. Tampoco era un  sol de castigo. Me daba por la derecha por una mera cuestión geográfica y no política. Yo me senté donde podía y el  sol estaba donde tenía que y debía de estar.

Mi pantalón es de color hueso blanqueado, un color proscrito por los tintoreros de la moda desde hacía 15 años, y la chaqueta es de lino de color hueso sin blanquear. Una camiseta de licra de color gris granito sostenible y zapatillas negras con fantasías urbanas laterales me terminan de ubicar en la esfera de modernidad temporal adecuada.

Con todo,  mi atuendo me parece excesivo en esta terraza de Bilbao, próxima a la estación de autobuses, donde espero que el menú anunciado y elegido, sea de peor calidad que el texto que lo describe. Al fin tan solo el vino es increíblemente peor de lo esperado. Puedo decir que el nombre, ‘Pléyade’, es claramente artificioso, exagerado. Incluso en un lugar de etiqueta levantaría sospechas. No me cebaré con él, a fin de cuentas como casi todos nosotros, tan solo está en el lugar inadecuado. También yo lo estoy. Parapetado  tras mis panorámicas RayBan, me imagino en este ambiente como un guerrillero camuflado de rojo.

La ensalada, de la casa, toponímico que debe levantar sospechas en mentes de viajeros, tiene una honrada base de lechuga trocadero en un aceptable estado de crujior  (*), y los habituales palmero y griterío encarnados en un espárrago, con la mejor referencia en un primo lejano en Tudela, y en los consabidos maíces con aun más lejanos parientes en Minnesota. Para mi pesar exhibe esta ensalada, como cornada en el muslo triunfal, un fragmento de sardina en conserva, que más parece estar allí por desmayo del fragmento que por una creativa aportación culinaria, pues tan solo añade el sórdido aspecto del pitraco y un tufo a bacaladero terranovés que inquieta intensamente mis delicadas vibrisas, como a Borges inquietaban espejos y laberintos.

A unos metros hacia proa, por babor, se ha sentado un individuo de procedencia impredecible, con pelo entre endrino y punckie soliviantado, moreno y de tez morena, también parapetado en unas fake Police semiespejadas, que mira en mi dirección, directamente a mi cara, de forma insistente.

Hacia proa a estribor una chica adolescente mira en derredor, entre aburrida y expectante, mientras su chico monitoriza, a punto de naufragio por pura repetición,  por el móvil a su abuela instruyéndola en la búsqueda y envío de unos archivos que tiene en su PC. La descubro mirándome y también ella se inquieta y con prisa desvía su atención bajando la mirada.

Con estas referencias marineras, a fin de cuentas en Bilbo no puedo dejar de sentir la cultura de la brava mar, prosigo la comida, entre bocados de ensalada con tufo de sardina y masticaciones extractoras de unas ampulosamente llamados ‘Delicias de novillo’ que me recuerdan, solo por lo desproporcionado del nombre, uno de los platos citados en el exagerado relato ‘El inglés descrito en un castillo cerrado’ del culto, exquisito y muy morboso André Pieyre de Mandiargues,  definido como ‘Beatilles de novicia’ solo describible como ensalivador para devotos de la coprofília.

Entre trago y trago de ‘Pléyade’, a la que he acercado desde la lejanía de la constelación a una distancia terrestre mediante una generosa adición de gaseosa, sigo observando la mirada intensa y desafiante del impredecible. No hago caso, pero  él es consciente de  que me siento observado.

Si difícil es con frecuencia conocer que nos atrae de alguien apenas mirado, más difícil incluso imposible, es saber que hallan otros de atractivo, o quizás repulsivo, en nosotros mismos. Si bien creo que hay espontaneidad en la atracción que sobre mi ejercen otras personas, en el sentido de que ellas nada han hecho para provocar esa atracción, no soy tan bien pensado en lo que respecta a que yo interese a otros, y menos todavía cuando percibo que hay un juego de cambio de colores. Nuestra educación basada en el lenguaje verbal nos hace desconocer e incluso dudar de lo que mostramos con el lenguaje corporal. De ahí proviene mi inseguridad: puedo transmitir lo que no deseo.

Una bella japonesa que camina con su niñita, acompasado su ritmo a los pequeños pasos de la nena, pasa próxima a mi y me hace seguirla suavemente con la mirada, con cierto discreto embeleso. Solar como sureño que soy, miro al Oriente con confianza. El impredecible sabe que he elegido de sobra mi color. Se levanta, poco después, y moviéndose  como una cucaracha recién desvirgada, se aleja en una dirección y con un propósito que no me es dado predecir.

Hay aspectos de lo machista, y no hablo en propiedad de mi educación machista porque me consta que no la hubo, que permanecen agazapados, no como el tigre que acecha sino como el gato indolente que relajado defiende su plato de comida ante un mastín con el simple levantamiento, elegante y preciso, incluso indolente, de una pata de uñas guardadas. Agazapados si pero que despiertan cuando  sentimos una mirada que nos observa como a un trampantojo, como a una evidencia de la que somos ajenos. La superación de la incomodidad ante la confusión sexual no es la mera aceptación del sexo ambiguo (fórmula de venta rápida) sino aceptar la ambigüedad, siquiera temporal, de uno mismo sin dudar acerca de nuestro comportamiento.

La japonesa y su pequeña recorren el bulevar por segunda vuelta, enfrascadas en el juego de preguntas, risas suaves y respuestas, en ese tono que me recuerda sonidos de campanillas y de duras maderas nobles. Quizás a un impredecible le supongan un claro mensaje. Para mi una bella chica y su hija pasean una calle y hacen que este mediodía de joven verano luzca tan hermoso como se merece.


Javier Navarro , en Bilbao a 24 de Junio de 2011        

(*) Recientemente, con motivo del Día de la Lengua, oí a Académicos de la misma opinar que también el español podría generar lenguaje por derivación de forma similar al inglés. Crujior es la calidad de crujir de un objeto, estructura o componente.  Es la crujidéz del elemento. No está reconocido en el Diccionario de la Lengua.
Aunque creí que el término era de mi cosecha lo he localizado en la web. Aparece en esta traducción de  ‘El cuervo ‘ de E.Alan Poe: ‘Y el incierto y triste crujior de la seda de cada cortinaje de purpura’. Hay otras referencias pero todas parecen simples errores de escritura más que una expresión intencionada.

martes, 14 de febrero de 2012

Historias del tren - Del color del cristal..


(Las vivencias diarias, que en su mayor parte están formadas por el día a día, constituyen, para desencanto de la mayoría, la vida. A veces, de forma inesperada, lo rutinario nos deja vivencias especiales)

Las estaciones de ferrocarril parecen puntos cero del universo, al menos en lo que respecta a su orientación geográfica. En el andén siempre corre un viento que te hiela o te achicharra. Quizás tenga que ver con la necesidad de aprovechar los vientos dominantes de la zona para mantenerlos ventilados, al menos en los humeantes comienzos del tren a vapor, y ya se sabe que cada sistema crea su evolución, su cultura e inevitablemente su futuro.

Pensaba en ello mientras me helaba progresivamente desde el tobillo hacia arriba en el anden de Atocha, caminando hacia el coche nº 3, que como marca la tradición (no hay que dejar que Murphy se haga cargo de todo en este país, que ya era culto cuando los antepasados del amigo Murphy fermentaban cualquier cosa que se pudiera fermentar para bebérselo) está siempre en el punto más distante posible de tu punto de partida, en el que sería cómodamente transportado hasta mi muchascosas pero sobre todo efímera Sevilla.

Mi bolsa de viaje, con sus glupas (bobas) ruedecillas y el asa extensible, me parece cada vez más un animal de compañía y no me sorprendería hallarlo alguna vez alzando profesionalmente, con desparpajo e incluso urgencia,  una rueda y dejando un desparramado hilillo de colonia o espuma de afeitar sobre una columna o esquina cercana, reclamando territorios que a mi me parecen de dimensiones demasiado ambiciosas para genes tan escasos. La obra casi siempre nos supera, sobre todo las no literarias o gráficas, que parecen ser las establecidas/preferidas devoradoras de su creador.

         Hago aquí un paréntesis para extenderme un poco sobre el valor de la obra.

Toda obra es resultado de un proceso creativo y es inevitable que la calidad de cada una dependa del genio creativo, que es puntual e irrepetible.

Afirmo que no existen los genios sino las genialidades y que el conjunto de las genialidades define un estereotipo del creador al que se identifica, o adjudica, la condición de genio.

Esto no pasa de ser un lugar común, o una manera familiar de hablar. El uso que hoy se hace de esta identificación obra – creador (artista, filósofo, científico, artesanos, ‘creativos’, etc.) tiene claras connotaciones engañosas y está fundamentalmente inscrito en actividades de marketing: si vendo al ‘genio’ vendo toda su obra a precio de genio.

Y así nos va con ‘artistas’ de medio pelo, tan malos que te dan nauseas, y papanatas críticos que confunden (con bastante intención por cierto) arte con ‘parte’ o esos ubicuos y charlatanes ‘expertos en arte’ que no paran de glosar y destacar las excelencias de gente vacía y mediocre, que se limitan a exhibir expresiones y ‘trapitos’ en boga y ahí acaba todo.

Desengañémonos queridos, el único genio es el Demiurgo, se llame como se llame (Dios, Buda, Alá...) en cualquier cultura y su genialidad se expresa en toda su obra y no en ‘...una cosita que acabo de hacer y que es un poco la expresión de mi sensibilidad y que es mi apuesta personal por.... (blablablá)’.

Ninguno de los llamados genios podría soportar un análisis completo e individualizado de sus obras sin mostrar carencias y defectos, y estoy pensando en gente muy grande. Otro día volveremos sobre los criterios de valoración de la creación (sensual, racional) y podremos dar un nuevo bocado al rebaño de papanatas que orquestan los grupos ‘consumistas’ de opinión, que aparentemente mueven el mundo y ¡cómo lo mueven....!

Recientemente leí, o quizás escuché (¿acaso importa como adquirimos enseñanzas del mundo?), que vivimos en la dictadura de los mediocres, y eso me pareció poético y real, inquietantemente real. Lo que yo digo abunda en esa idea y aquí queda.

La azafata de andén me saludó con una cordialidad personalizada, que me llegó, estaría sensible, como un besito de buen sentimiento. Me tocó pasillo en la zona de ‘patio’ o sea en la parte central del vagón. Me acomodé, es decir, me puse cómodo y eché mano de la incombustible revista ‘Paisajes’ con la intención de ampliar mi visión del mundo, claro esta.

Al poco el tren inicio su imperceptible arranque. Atravesamos los extraños paisajes suburbanos de cerros de yeso y yermos secarrales que rodean el acceso a Madrid, en los que presiento historias truculentas y morbosas, inhumanas.

Madrid se va viendo como un lugar describible, enmarcado en el horizonte, no usurpando al horizonte. El tren nos lleva a través de espacios en los que aun queda mucha historia por vivir.

Algo me saca de mi ensueño. Parece un sollozo. Cercano. Aguzo el oído, no me atrevo a mirar, para no enturbiar la intimidad del que llora. De nuevo lo oigo, ahora con nitidez. Mi vecino de pasillo, el de la fila de al lado, un hombre, esta gimoteando. La cara entre las manos, se agita por momentos su cabeza, escondiendo inútilmente, ya solo puede esconder el motivo, sus lágrimas.

Los que estamos cerca cruzamos miradas de todo tipo: curiosas, burlonas, de ocasión, preocupadas... Nadie habla, ni mucho menos hace un intento de acercarse al hombre angustiado. La cara entre las manos, las lagrimas emanadas, los sollozos contenidos...

Yo, al igual que los demás, permanezco en silencio, inmóvil. Quiero ayudar a esta persona, pero me resulta difícil romper este muro que la sociedad teje cada vez con más empeño entre los que estamos en el falso mundo de ‘todo va como estaba previsto’ y los que, por un mal guionista, seguro, están fuera de la feliz burbuja.

Al fin soy yo mismo, incapaz de aceptar que alguien pueda sufrir de soledad sin tenderle la mano, prestarle de corazón mi oído, darle palabras de consuelo. No soy retórico, ni sigo ningún precepto religioso, soy humano, y conozco el dolor. Me levanto y le pongo la mano en el hombro, con suavidad. Despacio me mira. Le sostengo la mirada ‘Creo que te vendría bien venir al bar, fumar un cigarrillo y charlar acerca de lo que te pasa’. El hombre asiente, mansamente, pero con cierto alivio. Camino hacia el vagón restaurante por delante de él. Me detengo en el espacio entre vagones y le espero.

Me da la mano. Me dice su nombre. Le invito a un cigarrillo. Fumamos en silencio por unos momentos. El humo teje una nueva burbuja en la que se puede hablar de todo. Incluso del pesar.

‘Me han robado mi ordenador. Un portátil. En Atocha, mientras cambiaba el billete. Seguramente me despedirán. No se como enfrentar esto. Mi familia va a sufrir las consecuencias de mi error’.

La espiral de humo se hace sumamente caótica y hermosa, el temblor de su mano crea una bella fantasía. Se azora de nuevo.

Le pido detalles. Todo lo que sirva para que entienda que no fue su error, fue oportunidad de otro, la habilidad del que vive de eso es muy superior a nuestro entrenamiento de ciudadanos de una sociedad de confianza. Al igual que un tigre no caza en campo abierto, tampoco el ladrón roba cuando nuestra mirada no se aparta del tesoro. Cada uno aprende donde está su sustento mas cercano, mas fácil. Seguí. ¿Buscó testigos? ¿Denunció el robo? La policía conoce a los ladrones habituales. Puede que haya suerte. En cualquier caso va descubriendo que se comportó como se esperaba. No fue un inútil, tan solo se centró en lo que tenia que hacer, tan solo confió en el mundo.

‘En cualquier caso, aun si no me despiden, me impondrán una fuerte sanción. Era un ordenador muy caro’.

Le pregunto por los datos que contenía. Apenas unos archivos, por otro lado sustituibles. Me da confianza y le animo. Las leyendas urbanas sobre los precios de portátiles (estamos en 2002) le han hecho creer que llevaba poco menos que Univac entre las manos. Le convenzo de que el valor de un objeto cae mucho mas rápido y bajo que el valor de la nueva versión, que en el fondo, es la que degrada al antecesor. Ahora le digo, cuando ya parece más relajado, que sé de lo que hablo, porque forma parte de mi trabajo valorar equipos. Su moral se eleva por momentos. Su buena voluntad y quizás algo de reducción de salario (igual es ilegal, le comento) le dejan el futuro apaciguado. Me da las gracias. Le miro agradecido por su reconocimiento.

En el bar, como suele suceder entre humanos, la cerveza me cuenta detalles de su vida, de su familia, de su trabajo. Quizás en orden inverso. Es comercial. Tiene una mujer con la que se lleva bien. Una chica y un chico le hacen vivir con motivos. Un cigarrillo mas y volveremos a ser parte del mundo en su sitio. Antes le dejo mi teléfono, por si necesitase mi ayuda profesional. Algunos de los vecinos de asiento nos miran de forma ambigua. Podría adivinar lo que quieren callar y lo pienso sin hostilidad. También creo que ellos callan sin hostilidad. En cualquier caso el tipo raro seguro que soy yo. El otro era un ‘poquita cosa’.

En Santa Justa nos despedimos. Está algo menos tranquilo pero tiene un guion bastante sólido y en casa seguro que, a menos que todos ellos hayan tenido un mal día colectivo, le van a tratar muy bien.

Mientras voy hacia mi coche reflexiono sobre el tema que mas me ha impresionado. Ese hombre llevaba 15 años en la empresa. ¿Cómo se puede estar todo ese tiempo en ese sitio sin sentir cercanía, empatía, amistad, confianza? ¿Era todo su derrumbe el que corresponde a un mal momento o era el de una condena largamente presentida? ¿Era su debilidad el reconocimiento de su fracaso como parte de un grupo? Para saber esto deberían ser más cervezas las que hablaran. Más tiempo. Más distorsión del hacer diario, del fluir estipulado. Igual mi reflexión responde a mi espíritu educado, encaminado al pensamiento de lo abstracto: las relaciones humanas, los conflictos, el valor de mercado, el ciclo del agua, la energía de fusión, la parte química del amor. Pero soy sincero y afirmo que lo hice por no dejarlo solo, porque detesto el desamparo, la mirada que huye del cuchillo que va a matar. Creo que hice bien y me sentí bien.

Jamás me llamó.


Madrid – Sevilla. Febrero de 2002 – Diciembre 2009