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domingo, 28 de diciembre de 2014

Historias del Viso - Cap. 14 - Chumbos y guindillas

!Ay que me pica!

La vida es, filosofías y teogonías aparte, un transitar entre grupos. Prácticamente desde que nacemos pertenecemos sucesivamente a una u otra clase, una categoría, un grupo. Bebés o cagones, reptadores y pruebatodo, pequeñajos, txiquets, pequeños, los de primero, los mayores, adultos, cuarentones, viejosverdes, jubilados, güelos, ancianos y amigos para siempre, lamentablemente sin derecho a copa y pitillo.

En el Viso, y en esa época los únicos grupos que nos interesaban eran los muy naturales y cambiantes de mayores y pequeños. Siempre hubo una línea difusa entre ambos y también algo constante: la única frontera que se deseaba atravesar era la que llevaba de los pequeños a los mayores y nunca a la inversa. A estas alturas de la vida a nadie sorprende que esto fuera así, pero nos gustaria que al menos uno de cada dos años se invirtiera el sentido de esa frontera.

Es verano. A mediados de Agosto el Viso es un lugar perfecto para disfrutar de todo el sol y calor que quieras durante el día y de la frescura de sus noches despejadas. Este año hemos coincidido varias familias en el tiempo de Agosto: Vicentitos, Navarritos, Silvitos y Angelitos.

Javier ha puesto de moda hacer aguas de colores machacando flores de pericos. Las más espectaculares son las de color rojo rubí. A las niñas les gusta el tema y nos organizamos para producir en grandes cantidades. Pequeños grupos recolectan las flores visitando como parlanchinas abejas las distintas matas de Pericos: rojo escarlata, amarillos, morados, rosas, blancos, moteados…. Las colocamos en cubos de plástico y con pequeños troncos que hemos pelado, pulido y redondeado en su punta con ayuda de las escofinas de la carpintería, las machacamos y le añadimos pequeñas cantidades de agua. Después pasamos esta pasta por una tela metálica y un trapo a modo de colador y obtenemos un líquido de color muy concentrado, que despues mezclamos con agua. Hay que añadir que todos teníamos las manos enrojecidas de rascarnos, pues aquellos líquidos daban un picor que resistía lavados y jabones. Yo me frotabas las manos con arena y algo se arreglaba pero no todo el mundo seguía mis bravos consejos. Llenamos todos los botes que tenemos con estas aguas de colores. Ahora había que encontrar una tela que se dejara tintar con nuestros inventos.

-      Le podemos pedir a la tía Merche…
-      Naaa, no le podemos pedir naaa, que va a decir que noo.
-      Bueno pero si se lo pedimos bieennn.
-      Hija que poco conoces tu a la tía Merche, afirmó Margarita dando por cerrado el tema con Isa, más partidaria de la transparencia en el uso de los bienes Viseños.
-      Pues yo sé de donde podemos sacar otra ‘tela’ más bonita.
-      ¿De dónde Fabiola?
-      Hija, pues como en Cotos, de las algas de los canales.
-      Pues de donde, porque aquí canales no hay muchos… dejó caer Silvia con cierto tonillo de guasa.
-      Pues de la alberca de la Huerta Chica que está toda verde, y la secamos al sol y ya está. Como en Cotos…. soltó Fabiola quedándose tan a gusto.
-      Oye pues es verdad, soltaron a coro las demás, incluida Lucia que hizo varios disparos al aire con su revolver de pasta plateada. Por aquella época Lucia era experta en ‘apistolar’ enemigos y además tenía un ‘cortagañotes’ que tomaba prestado del arsenal de Javier, ‘por si había que rematar a algún herido de los malos’.
-      Vamos a decírselo a los primos.

Así que en nada teníamos montada una expedición a la Huerta Chica, casi todas las niñas y un buen puñado de chavales. En vez de subir hasta la granja y seguir por la bajada posterior nos metimos hacia la izquierda un poco antes de la casilla, que luego sería la leonera de los mayores, caminando por el bancal y los todavía pequeños naranjos de Clementinas hasta uno de los sitios más bonitos del Viso: el limonar de la Granja. No era solo por el olor que tenía, las copas de los limones se tocaban entre si cerrando el espacio y creando una sensación de frescura y de seguridad, como una bella habitación de acogedoras paredes verde lima. Siempre que pasaba por ese sitio deseaba tener una cabaña encaramada en la parte más densa de la arbolada, que no cambiara nunca y poder regresar allí cada vez que el mundo te dejaba fuera de la ciudad, cerradas las puertas, al anochecer…

-      Bueno mientras estos se quedan sacando algas nosotros vamos a coger dátiles, nos dijo Rafa a JoseLu y a mí.

Dos palmeras tenían ya una larga cola de dátiles amarillos, pero... a 6 metros de altura. Así que… a pedradas.

Después de unos primeros disparos lo que quedaba claro es que había que sacar de allí algunos de los más pequeños o habría una cabeza cascada en poco tiempo. No hay como tomar precauciones…

Con las pequeñas piedras que había por allí no conseguíamos atizar con fuerza en los dátiles como para derribarlos. Pero el que busca halla y con un ladrillo entero en la mano hice un buen disparo. Los únicos que podíamos lanzar aquello a la altura necesaria éramos Rafa y yo. Pero de derribar dátiles pasamos, sin que se notara, como si fuera casualidad, a tirar cada vez más alto. En una de aquellas me puse en el lado opuesto al de Rafa y cuando él logró un lanzamiento por encima de la palmera no fue un dátil lo que encontró en su elegante parábola de regreso a la tierra sino un coco: mi cabeza. Durante años he estado convencido de que la forma plana y poco ortodoxa de mi occipital (debajo de la coronilla) se debían a aquel ladrillazo. No me desmayé, ni siquiera sangré, pero la recogida de dátiles pasó a ser desde ese momento una actividad de alto riesgo.

Después de recoger las algas las pusimos a secar al sol, extendidas sobre unos guardiasaltos, volveríamos al día siguiente para llevárnoslas ya secas. Y así fue, en 24 horas teníamos unos hermosos lienzos de suave color crema verdosa con el aspecto y tacto de un paño de lino…. almidonado. Con cuidado los llevamos a nuestra tintorería, pero al igual que pasaba en Cotos aquellas bonitas piezas de algas acartonadas no resistían el tratamiento y lo mejor que obtuvimos fueron unos coquetos boquetes enmarcados en rojo, amarillo y morado. Nuestra hermosa tintorería fue, naturalmente, flor de verano.

  En Agosto siempre teníamos alguna fruta que picar, todo era llegar a los arboles adecuados y coger lo que quisiéramos. Pero no todo crecía en arboles...

-      Podemos ir a coger higos chumbos, dijo Rafa
-      Yo voyyy, y yo, y yoooo, JoseLu, Manolo, Perico, Fernando, Alberto, Álvaro, todos se apuntaron.

Salimos corriendo hacia el patio y, buscando donde hay que buscar, en un ratito teníamos todo lo necesario para cogerlos, traerlos y darnos un atracón de chumbos. Lo principal era la larga caña con el extremo hendido en cuatro partes que se mantenían abiertas mediante pequeños trozos de caña. Esto permitía que se ajustaran firmemente piezas de distintos tamaños y que al arrancar los higos de la pala no cayeran al suelo. También, con bastante optimismo, cogimos un par de cubos de plástico para traer el botín. Rafa insistió en que fuera más de uno pero no entendí muy bien porque…

Bajamos por el camino de los chalets y donde empezaban las arenas blancas con el alto y solitario peral a nuestra derecha, cogimos hacia la izquierda hasta llegar a la gran encina pegada a la valla de alambre de espino que separaba la huerta del olivar vecino. Mientras atravesábamos la alambrada a través de unos generosos boquetes que unos y otros manteníamos abiertos de forma permanente, mirábamos el estado de las moras pero aún no estaban maduras ni siquiera para el paladar de Alberto que era la referencia en cuanto a ‘comestibilidad’ de lo que fuera desde naranjas a vinagritos.

La chumbera se extendía interminable a nuestra derecha hasta cerca del camino de albero de la entrada a la huerta.

Rafa llevaba la caña y cuando comenzó a tantear los primeros chumbos le dijo a los porteadores de cubos (estaban excluidos JoseLu y Germán, por ser casi mayores) que se acercaran a la valla y se pusieran en la zona por debajo de la caña ‘por si se suelta lo podéis coger poniendo el cubo debajo’. ‘Si hombre’ largaron los dos porteadores. ‘Que sí, que nunca se sueltan es por si acaso, miedicas’. Rafa sabía tocar el punto flaco de los pequeños. No llegaron a ponerse muy debajo pero estaban cerca.

Vi como Rafa tardaba mucho en enganchar los chumbos, los tanteaba, los rozaba rotando la caña, y por fin los atrapaba y con un giro los sacaba de la pala. Le vi hacerlo varias veces impaciente yo por demostrar que se podía hacer más rápido, cuando al trasluz del sol vi el polvo que se desprendía de la caña cuando la rozaba con el chumbo. Entonces comprendí por qué tenía aquella sonrisita y los ojos brillantes desde hacía un rato. ‘Déjame Rafa, creo que ya he aprendido a coger los higos chumbos a tu estilo’ le dije medio riéndome.

Después de pillar un par de docenas de higos, los porteadores, más los dos o tres relevos andaban ya como locos estirándose el cuello de la camiseta. ‘No os pica er cueyo?’ ‘A mi mucho y también las orejas’. Así que cortamos la historia y volvimos a casa muy orgullosos de nuestra cosecha y con bastante risa.

Una buena broma tiene dos partes: la primera es que te rías y la segunda que no te pase ná cuando el embromado te pilla…o sus parientes. Así que la primera parte ya estaba hecha.

‘Ellos nunca han tocado los chumbos, mamá, nosotros no los íbamos a dejar hacerlo. ¿A que no habéis tocado los chumbos?’
‘Noooo’ contestaron en picajoso coro los porteadores temblorosa la voz.
‘¿Pues entonces como están con este sarpullido?’ gritaba la tía Angelita en representación de madres afectadas
‘Porque son muy torpes y se habrán rozado con las chumberas sin darse cuenta’ finalizó Rafa que ya veía peligroso el interrogatorio.

Y también la segunda parte. Nuestras caras estaban intactas y más duras que antes.

Hoy sabemos que el cerebro repite lo ya hecho con preferencia a iniciar algo nuevo. Así se ahorra azúcar. A nosotros nos hubiera venido bien saberlo, pero eso no impedía que lo practicásemos. Visto de otro modo repetiremos lo que ya nos ha divertido. Y así fue.

Unos días después, cuando el furioso color escarlata enfadao había retrocedido hasta solo pescuezo escocio en los porteadores, los creadores de ‘Cañita pica y pica’ ya teníamos una nueva y jocooosaaa idea más en la línea del toco-mocho. Primero enseño los billetes y luego pongo los recortes de periódico.

Ese año en el arriate que había en la fachada que daba al camino alguien había plantado unos bonitos pimientos que al madurar tomaban un hermoso color rojo. Aún estaban verdes la mayoría cuando yo los probé. Solo fue un bocado de prueba. Me ardió la boca y entre escupitajos y tacos de primera edad me fui al grifo a enjuagarme. Una guindilla fresca tiene poco de  fresco, no es solo el picor hay algo mas como de pimiento amargado que lo hace muy persistente. Por fortuna no me había visto nadie con lo que mi ego estaba a salvo. Pero …. si yo me había equivocado, otros mal informados …..

  Al día siguiente conmigo como capo y con Rafa y JoseLu como ganchos colgué en la mata de guindillas, sin que nadie me viera y de la forma más natural varios pimientos de un tamaño y color similar al de los propios frutos de esta. Arrimamos una mesita y pusimos en ella un salero y vinajeras más un cuchillo. Y comenzó la trama…

‘¿Quién quiere un pimiento aliñao?’ ‘Yo, yo’ pidieron los ganchos. Cogieron dos de los pimientos camuflados y yo los abrí les puse el aliño y ‘Ñan, que bueno’ ‘¿Quién quiere?’. Los niños siempre van en grupo y eso es bueno para el depredador porque siempre hay para elegir (nota biológica culta: especies, supervivencia, ya sabes…). Y así fue: los expertos ganchos cogían guindilla tras guindilla y me las pasaban para que yo las preparara.

‘Hay que esperar. No es justo que unos se las coman antes que otros’ así pudimos prepararlas todas sin que nadie diera la alarma y también así podían caer todos a la vez.

‘Bueno ahora no probarlas. Hay un premio de un duro al que se la coma antes’ todos apretaban la guindilla en la mano hasta hacerla sudar, poniéndola más enrabietada si era posible. ‘A la una, las dos y las treeesss!!!’

Bien salió muy bien, es lo que tiene el timo, que engancha de lo guapísimo que es  ver la cara de mamahostias que se pone al timado, y, más si se pica, jijiji, huy perdón, es una manera de hablar claro …jijiji..

La parte uno salió muy bien y en cuanto a la parte dos … bueno Rafa y yo ya estábamos en una edad en la que no era probable recibir una hostia si no había sangre de por medio. Y por otra parte la naturaleza humana vino en nuestra ayuda disipando lo que habíamos hecho, con otros culpables.

El hombre es un lobo para el hombre (nota biológica culta: especies, supervivencia, ya sabes…). Nosotros transformamos esta patibularia frase en la mucho más divertida: ‘El hombre (mejor un puñado de ellos) es un Lobo para la guindilla’. El hombre imita. Por aquí vamos mejor.

Esa misma tarde, cuando todavía escocían los morros de los afortunados y el chocolate aún sabía a chistorra salvaje, dos o tres de ellos montaron un remake para la siguiente generación de crías humanas, lamentablemente de corta edad.    

Consiguieron de puta madre la parte uno. Aún les dolían las costillas de reírse cuando una avanzadilla de padres furiosos les dejaron los cachetes con bajo relieves. Una hembra de mamífero se transforma en un basilisco si su cachorrito es timado (nota biológica culta: especies, supervivencia, transformismo, ya sabes…). No hubo parte dos.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Requiem por Juan Navarro



Todos somos especiales pero mi padre lo fue un poco más.

A finales de los 80 dejó de ir al campo, su poca visión lo traía tenso cuando conducía de regreso por la noche. Nos preguntábamos a que se dedicaría. Vana pregunta. Conociéndolo como lo conocíamos en casa, enseguida tendríamos la respuesta: a Todo.

Para él el paso del trabajo a la jubilación fue como renovarse y tardó muy poco en estar embebido en aquello que le gustaba hacer. Cada vez pasó más tiempo en la parroquia, en Caritas, en el coro, en el barrio.

Conoció más personas, más amigos, más lugares. Pintó todo lo que quiso y pudo y siempre había una mano levantada diciendo ‘El próximo para mí’. 

Habló con mucha gente, intercaló imposibles citas latinas en medio de charlas comunes. Recordaba con criterio y hacia filosofía de la vida con trocitos de calle.

Cantó su amado gregoriano, y no le metió armónica por dejar algo tal como estaba, pero estoy seguro que se le pasó por la cabeza

Escribió poemas y muchos villancicos. Cada año su christmas nos traía de cabeza: escribirlo, encajarlo, añadir el dibujo, imprimirlo, fotocopiarlo y por fin repartirlo por la cada vez más amplia clientela. Pero cómo sonreía, como agachaba un poco la cabeza para que no se le notara lo orgulloso que se sentía cuando alguien, muchos alguien, le decía: ‘Juan, este año lo has bordado’, o ‘Se me han saltado las lágrimas, que preciosidad’.

También, sacrilegio, tuvo que fotocopiar sus frescas acuarelas, sus dibujos a tinta, sus paisajes donde un árbol lo llenaba todo, firme, umbrío, acogedor. Quizás él mismo se veía así.

Y pasaron los años y de pronto un día descubrió que había vivido tanto que ya era anciano. Y entonces reconoció ‘que se había hecho un poco viejo’, ‘que había perdido facultades’. Y como viejecito se reconoció a sí mismo en historias ‘¿Te había contado alguna vez…?’ Y lo contaba, como si lo estuviera estrenando. Y cada vez las historias eran más lejanas y los recuerdos más jóvenes.

Y fue haciéndose inmóvil, indefenso, y le dimos cariño, mucho amor, mientras retrocedía en una imposible vuelta a la infancia.

Los últimos años se los debe a la cuna que mis hermanas tejieron en torno a él, al mimo incesante de Fabiola. Juan murió de haberse tragado toda la vida, hasta la última gota. Nada podemos decir ante algo tan natural y humano. Pero por qué quiso vivir tanto tiempo no fue casualidad. Todo lo que sembró le fue devuelto y aumentado. 

La vida nos regaló a Juan. Y él recibió el mayor regalo que la vida nos puede dar: el respeto, el cariño y el amor de muchos de nosotros. La deuda esta saldada. Que viva en nuestro recuerdo y que Descanse en paz y amor.

sábado, 1 de marzo de 2014

Sobre los autores del blog

Hace poco mi primo Alvaro Grau me envió un articulo aparecido en una revista taurina en la que se adjudicaba a Javier Navarro Grau la autoría del trabajo sobre Concha y Sierra publicado al comienzo de la apertura del blog. Creo que es necesario aclarar las identidades de los autores que publican en este blog para que las citas puedan ser justamente atribuidas a sus creadores.

Somos dos los que escribimos aquí. La mayor parte de los trabajos corresponden a Javier Navarro Grau (yo mismo) que no suele preceder a sus titulos con su nombre o seudónimo,

Las series de trabajos de investigación histórica, que son los mas leidos y mas buscados como referencias, van precedidas del seudónimo 'Juan Sintierra' y los diversos relatos de recuerdos familiares, reconstrucciones historicas, aventuras, etc. lo hacen con el de 'Memoria del Desarraigo'. Ambos son avatares de mi primo Juan Grau Galvez al que espero ver pronto publicar otros de sus excelentes, minuciosos y amenos trabajos de archivo o esa pequeñas joyas de dureza cabrona que son sus emotivos relatos.

Hasta pronto.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Mi tio Rafael




Casa Alta, en algún momento entre 1955 y 1956. La broma. (Edad entre 3 y 4 años)

Cae la noche y yo me preparo para no dormir. Buscaré un lugar escondido en el que nadie pueda hallarme y allí me quedaré dormido, como en mi cueva. El mejor es debajo de la máquina de coser, pero mi madre ya me ha pillado allí en alguna ocasión. Hay que buscar algo nuevo. Bosco me hace señas y me acerco rápido
- Javi, estoy oyendo a la tía Concha y al tío Rafael hablando en el cuarto de baño, aunque no entiendo lo que dicen pues hablan bajito ¿por qué no te asomas para echar un vistazo?
- Voy
Están de espaldas a mí. La cabeza de la tía, y la del tío,  parecen las de una muñeca de cartón, de un color marrón  clarito y los dos llevan unas gorras hundidas hasta las orejas. También llevan ropas grandes y gastadas. Hablan en voz baja y se ríen. Mi madre dice algo desde abajo de la escalera. Me voy corriendo a su lado.
Bosco da un grito y oigo un portazo mientras alguien baja por las escaleras. Me detengo al pie de estas y veo bajar a los tíos riéndose. Sus caras están borrosas y eso me hace mucha gracia. Pasan por mi lado, me dicen algo que no entiendo y salen por la marquesina. Ya es de noche.
En el piso de arriba Bosco llora desconsoladamente. Subo con mi madre y en cuanto Bosco la oye sale del cuarto del  Bautista y se abraza a sus rodillas hablando entre mocos y hipidos.
- Son monstruos mama, monstruos o fantasmas.
Me quedo con las palabras. Sobre todo monstruos me gusta. Al día siguiente le preguntaré al tío Vicente, porque creo que tiene que ver con lobos y el tío Vicente es el único que sabe donde podemos encontrar un lobo.
Mi madre se lleva a Bosco en brazos hacia la cocina y comienza a hacerle una tila. Al fondo se oyen fuertes golpes en el portón exterior. Yo me asomo a  la puerta que da al patio. El abuelo ya está allí y ve a Melero, renegando, llegarse al portón. Lo entreabre un poco:
- Que queréis?
- Venimos a por trabajo, le responden voces oscuras y agresivas.
- Po, venir mañana que estas no son horas.
- No, tenemos que saberlo ahora. Déjanos entrar.
A Melero se lo comen los nervios y cierra la puerta y se va  para el abuelo.
- Don Juan, ahí hay dos tíos  mu raros y dicen que quieren trabajo pero yo creo que lo que quieren es robá.
- Che Melero no seas cobarde y diles que se marchen que ya veremos por la mañana.
Vuelve Melero a la puerta. La entreabre un poco y con voz entrecortada..
- Dice Don Juan que os marchei y que si no llamamo a la GuardiaZibí
- Ah sí? Y quien va a ir a buscarla, tu?
A Melero se le encoge el gañote y ya ni le salen las palabras.
El abuelo y mi madre no pueden contener la risa y los asaltantes también largan carcajadas mientras se van quitando los gorros y las medias de la cabeza. Al final Melero se rehace y de mala gana se suma a la fiesta.
Yo voy a contarle lo poco que he pillado a Bosco, que aun está con sus hipios y su taza de tila. Mis tíos Rafael y Concha son unos bromistas, y eso les va a durar unos cuantos años.

Cotos, mediados de 1958. La montesa. (Edad: casi 5 años)

Sería Sábado, supongo, porque a esa hora yo estaba en el pasillo de mi casa y si fuera un día normal debería estar en el cole. Está echada la cortina de la puerta y oigo el suave ruido de un motor y el crujiente sonido de unas ruedas frenando sobre la grava de la calle. Comienzo a levantarme mientras oigo como se apoya el caballete en el suelo y el gemido de la moto al subirse sobre este.
- Cheee, Navarrooo.
Ese tono entre risueño y confiado me anuncia que es el tío Rafael el que ha llegado. Salgo a toda prisa para ver la moto.
Mi tío me coge en brazos y me besa. Siento la barba de su mejilla y el particular olor de lavanda y caliqueño que llevaría toda la vida. A los niños nos gusta que nos quieran pero sin mariconadas. El tío Rafael es de los moderados así que me siento bien con el saludo pero hay que ver esa moto.
Es muy bonita y rara. Una Montesa Brío 110, con deposito de color verdoso militar y un escudo de la marca, dos asientos seguidos, un bonito faro y la larga horquilla. Las ruedas cromadas brillan luminosas.
- Cuando se vaya le voy a decir al tío que me lleve con él y que me deje llevar la moto, mi padre me deja.
Mis hermanas ya se han unido a mis padres y el tío y Juana, la chacha, está en la cocina preparando un aperitivo.
Tras un largo rato el tío sale a la calle seguido de mi padre.
- Voy a acompañar a Rafael hasta la Segunda y Javier se viene con nosotros.
Bien! Me voy de paseo. Me pido con el tío y me pone sobre el depósito.
Hace bien en no fiarse de mis habilidades y me dice que no me dejará llevarla, pero aun así prefiero ir con él.
Su moto corre más que la de mi padre y al tío le va la marchita, así que disfruto de los flequillazos de mi pelo con el viento. Después de unos kilómetros llegamos al acueducto. Mi padre, porque mi madre insistía mucho, siempre lo pasaba andando, así que esperé que el tío Rafael hiciera lo mismo. El corazón se me puso a mil cuando enfilo lo que a mí me parecía una cinta de cemento sin apenas cortar gas. En unos segundos que se me hicieron larguísimos, mientras meditaba en los cocodrilos que habían en el enorme canal de desagüe 5 metros más abajo, ya estábamos en el otro lado. Di un largo suspiro y me salió una tonta y agradecida sonrisa.
Me gustó aquel viaje. Mi padre hacia milagros con lápices y pinceles, pero Mi tío Rafael era un vacilón, un valiente.

El Viso, Navidad de 1961. Los fantasmas de fuego. (Edad: 7 años)

Siempre llegaba aquel momento, en el mejor momento (es una manera de hablar, en realidad todo el tiempo era el mejor momento).
- Che, quels crios no van a dormir?
A lo que seguía un coro que semejaba un canon en que los mayores iniciaban uno por uno el 'A la cama' y los crios un incrédulo 'Ya?'. El pandemónium duraba un ratito mientras se sumaban los nuevos sonidos de sillas arrastradas, cojines a sus sitios, puertas abiertas, y por último, besos churretosos por doquier.
Pero aquel día no fue igual. Abstraídos como estábamos en nuestros  juegos no nos dimos cuenta que faltaban en la sala los tíos Juan, Rafael y Joaquín.
De pronto suena la llamada en la enorme puerta doble del jardín. Son golpes muy fuertes y se oyen como lamentos furiosos. En pocos segundos hemos quedado en silencio.
La tía Concha se acerca a la puerta a averiguar quien llama.
- Quien es?
- Hujjhfhfhhhrr.
. Quién es?
Una voz sepulcral, una sola palabra
- AAaabreeeee.
Nos quedamos todos acojonados. Se podía oír el siseo del fuego, el crepitar de las brasas, y de una forma aterradora el latir de los corazones.
- Aaaabreeee o tiramos la puertaaaaa
La tía Concha para nuestro horror abrió lentamente la puerta y allí los vimos, enormes, cubiertos de tela blanca de la cabeza a los pies, con las grandes antorchas en la mano.
- Al ninñooo que  no estéeee acostadooo enseguida, NOS LO COMEMOOOOOSSSS.
La desbandada fue tremenda. Tembló el piso, temblaron las escaleras, gritos y zapatazos, llantos de los que cayeron en la avalancha, madres chillando instrucciones.
Rafa, José Luis y yo que salimos de los últimos no nos metimos en el tumulto, pasamos hacia la cocina y, siguiendo a Rafa, sin que nos vieran volvimos atrás y nos metimos en el cuartito que había debajo de la escalera.
Aún había gente subiendo y bastante ruido. Respirando a todo pulmón nos hablamos en cuchicheos.
- ¿Nos habrán visto?¿Nos comerán?
Rafa era escéptico. Estaba emocionado pero intuía que aquello era una farsa, aunque seguro, seguro, no estaba. JoseLu y yo no lo teníamos tan claro.
Abrimos  ligeramente la puerta y por la rendija vimos a los fantasmas que se dividían en dos grupos dirigiéndose a la sala y al comedor. Aun seguían con aquellos gemidos. Al cabo de unos segundos volvieron a juntarse y se dirigieron hacia la escalera.
Con cuidado cerramos la puerta. Oímos sus pasos acercándose. Se detienen, siguen gimiendo. Miramos por la cerradura con el corazón tan veloz como el de un pájaro. Sorpresa: llevaban sartenes encendidas. Eso no eran antorchas. Un fantasma no puede llevar sartenes.
Los fantasmas habían dejado de gemir y estaban riéndose por lo bajinis, y en nada a carcajada limpia. Se quitaron las capuchas y los rojos rostros de Juan, Rafael y Joaquín terminaron la metamorfosis. Bueno, no del todo, hasta que el sempiterno caliqueño, de escuálida brasa, vivaqueo de nuevo en el córner de la boca del tío Rafael. Creo que lo llevaba debajo de la capucha.  Nosotros nos quedamos allí hasta que se fueron.
Era cojonudo tener tíos así.
(PD. Naturalmente, la mayor parte de las madres estaban allí, y la tía Merche, por supuesto. Los fantasmas solo comían niños insomnes. Hubo división de opiniones, como en un tendido taurino, y cayeron pitos de la tía Isabel Lobato fuertemente apoyada por la tía Merche, y encendidos aplausos de unas carcajeantes  tías Concha y María  apoyadas por el risueño primo Juan. Como debe ser)


Casa Alta 1969. Mi primera feria. (Edad: 15 años)

Mi madre andaba preocupada. El motivo era mi nueva camiseta. Unos días antes, sabiendo que iría a la feria del Puntal, había hecho mi primera compra de ropa en solitario. Y para alegría de los amigos del color me encapriche compulsivamente de un jersey fino de un furioso color verde lima y con un fabuloso cuello vuelto.
Su temor mas fundado era mi segura muerte por hipertermia en aquel glorioso verano. Menos probable, aunque posible, era mi secuestro por los cirqueros para exhibirme como una mutación calórica. O como un doble tropical de Tom Jones, el Tigre de Gales. Desde luego de vergüenza no me iba a morir, eso había quedado claro por mi parte.
Pero ¿podía haber algo mejor para mi pelo desgreñado y semi largo? Estaba asegurado que no iba a pasar desapercibido y ¿puede un chaval de 15 años pedir más?. Preparé mi maleta para los tres días que estaría fuera. Tras despedirme de mis hermanas y mi madre, aún con cara poco convencida, me subí a la Guzzi con mi padre detrás y salimos hacia la barca de isla Minina. Tras cruzar el rio fue mi padre el que condujo pues yo aun no tenia carnet. Paramos en el Puntal para saludar al tío Daniel y a la prima Amelia. Después fuimos a casa del tío Juan, me encantaba el hablar nervioso y lleno de afecto de la tía Manola y recordaba aquel invierno que pasé en su casa por la inundación de Cotos. Y por último a Casa Alta.
¡Cuánto teníamos que contarnos! Para mi aquello era muy excitante. Salir solo, ir a la feria hasta muy tarde con mis primos, la de charlas que íbamos a tener. Yo estaba ya medio colgado con mi guapa vecina Rosa. Si, había mucho que contar.
Llegué a hora de comer. El tío Rafael con su hablar entre rápido y suave me preguntó por mis hermanos, por mis cosas, mientras me ponía la mano en el hombro. Siempre me sentía bien acogido por él. Amable y formal. Y allí estaba de nuevo, en aquel comedor que tanto me gustaba y que evocaba envuelto en un velo de primeros recuerdos. En breve todos estábamos sentados en la larga mesa y el tío Rafael hizo la bendición. Fue una comida muy animada, como serían allí habituales. Me gustaba aquello. Hoy puedo explicar las razones de aquel sentimiento, pero entonces lo disfrutaba y aquello valía incluso más que entenderlo. Nos gustan los ritos, nos dan seguridad y confianza. Y allí había una vida familiar emotiva y bien trenzada con un orden formal y visible. Era como mi casa, pero mis primos eran más lanzados y eso era un imán.
Las noches de feria, los primeros cigarrillos, cervecitas y Coca-Colas, el tiovivo de cadenas, la canción 'María Isabel', las charlas en la cama, las comidas chispeantes, las cenas acortadas por la prisa, y el increíble calor de mi glorioso jersey verde lima y cuello vuelto. Verano.



Casa Alta 1971. El porquera. (Edad: 17 años)

Hacía tiempo que estudiábamos por las noches, en aquellas largas noches de la calle Alcázares. Tan ritualizadas y con frecuencia tan predecibles.
Alrededor de las diez aparecíamos por el piso de los primos. Creo que era el segundo  izquierda. Si la cosa iba con prisas nos tomábamos un Nescafé y nos poníamos, poco a poco, en faena. Si no, saldríamos mas tarde al Espala a tomarnos un café y echar unas cuantas 'Mantenlo!' para subir la adrenalina, sobre todo si estaba Bosco. Sobre las once menos cuarto nos preparábamos para el ritual 'despanzurrado de basura' perpetrado por la vecina del tercero centro Ángeles viuda de Villegas, más conocida como Dª Ángeles.
Solíamos, conducidos por un ya nervioso y risueño José Luis, acercarnos en silencio al balcón, todos con los dedos apoyados en los labios, avanzando como un grupo de apaches parisinos en la penumbra del salón de luces apagadas. Estábamos tan sincronizados con los sonidos del piso de abajo que llegábamos al balcón en el momento en que se abría la puerta del mismo manipulada por Dª Ángeles. En un silencio expectante, que rozaba el límite de resistencia a la risa, oíamos el enérgico trajín de la viuda con la indefensa bolsa de basura. Un ligero rozar en la barra del balcón delataba los giros a ambos lados en la búsqueda de testigos. Y por fin el imparable 'al cielo con ella' y la mano que insensible a la gravedad libera en ligero adiós la bolsa a su destino. Cae como un meteoro de pestosidad gaseosa: sin duda boquerones de ayer, cebolletas pasadas, pollo de Simago averiado, y un trazo final de patatas podridas de inconfundible 'bouquet'. Dura poco su carrera y, generosa, regala su contenido al nocturno  paisaje urbano.
- Iruuuaaah. Que poco l'a fartao quiyo, casi cae en el montón. JuiJuiJui... Joselu no puede más y se dobla sobre sí mismo en una larga carcajada mientras los demás hacemos lo mismo y nos separamos para no darnos risas unos a otros.
Te ponía bien esto. Y se estudiaba mejor, por lo menos más contentos.
Pues en esas andábamos y una noche me fui a Casa Alta a estudiar con Joselu. No fue una noche brillante. Y tras unas horas de semisueño decidimos que mejor tirar para la piltra.
Serian las 7 de la mañana cuando entra el tío Rafael y diu
- Cheee, José Luis levántate que ya es la hora.
- Eehh. Si papá en seguida me levanto.
Pero la noche había sido larga y unos segundos después José Luis estaba de nuevo en fase Alfa de sueño.
Oigo el grifo del cuarto de baño y al poco veo al tío Rafael salir de allí y acercarse a nuestro cuarto. Entorno los ojos y simulo estar dormido. Sin dudárselo un momento, pero exento por completo de brusquedad, vierte un gran vaso de agua sobre la cara de Joselu.
Ante su ruidoso despertar no puedo fingir por más tiempo que duermo y mientras me incorporo oigo al tío Rafael hablando de forma práctica y aleccionante
- Cuando es la hora de levantarse hay que levantarse.
Y sin ninguna palabra mas, ni mal gesto, ni prisa, salió del cuarto.
- Que porquera eh, que porquera eh. Y lo ancho que se habrá quedao. Ojú primo, que porquera.
Nada digo, todo aquello me tiene asombrado. No el hecho en sí, sino las reacciones de los protagonistas. No hubo nada de furia, excepto el cabreo de José Luis. Ni una voz de más, ni un acto más en el ritual.
Durante el almuerzo todo fue como siempre. Me hacía mucha gracia la forma de reñir de la tía Angelita. Parecía, por lo suave de su voz, mas camelable que mi madre, que también tenía sus puntos flacos. Un beso inesperado te hacia ganar unos cuantos puntos.
Una parte del concierto familiar es la balada de las riñas. Son parecidas en los textos, pero su música puede ser muy variada. Y en cualquier caso no lamento haberme aficionado a esa música.

Sevilla 2013, misa del Gallo. (Edad: 60 años)

La cena de Nochebuena tiene muchas cosas que la diferencian de una cena corriente. Para mí son tres, las más destacadas: Mucha gente, mucha comida y bebida y la Misa del Gallo.
No es la primera vez que hablo de esto, y espero que aun hayan algunas mas.  En este año, mientras salíamos de las Dueñas, bajo una suave lluvia, no dejaba de notar mi estado de inquietud que contenía algo más de lo atribuible a la bebida.
Desde mi primera borrachera, en una Nochevieja de 1973, conseguida mediante los fuertes brebajes de la izquierda radical del PT, la Joven Guardia Roja y todo tipo de hippies 'adláteres', he evitado llegar al estado de levitación en el que lo temible no es la subida sino la horrorosa caída, precedida de palabras de ánimo, exaltación de la amistad y el pestoso grafiti de tu vomito sobre un muro ya bien firmado por virtuosos del meado.
No, nada de levitación, más como dicen en Cuba del ron Matusalén: 'Hoy alegre y mañana bien'. Aquella calle tantas veces recorrida me parecía a la vez inexplorada y familiar y las finas gotas de lluvia eran livianas y templadas. Al llegar a las escaleras de San Marcos y la pesada cortina de la puerta, hice una parada, como cuando niño, para pasarme la mano por el pelo y arreglar la ropa de forma elegante. Ya estaba la misa bien iniciada y nos acomodamos en un banco hacia el final de la nave.
Nada de extraordinario hubo en la media hora que siguió, tan solo lo fue mi estado de felicidad y de ensoñación, hasta el punto de creer que podría escribir un hermoso relato con aquellos momentos. Hoy se que no habrá tal relato, pues aquí estoy diciéndolo, pero si una reflexión sobre lo que sentimos y vivimos.
Mi madre estaba en casa preparando los dulces para la adoración del Niño, el tío Juan llenaba imponente, bien erguido, la esquina de su banco junto al pasillo, el tío Vicente, con sus buenos zapatos de gimiente cordobán había hecho el largo paseíllo desde la entrada hasta los primeros bancos, el tío Joaquín aun andaba distribuyendo la larga prole en bancos especialmente higienizados mientras la tía Bel se santiguaba magnifica como una Madonna renacentista, la tía Merche bisbiseaba oraciones sin dejar de sonreír y de parecer recogida (¿ cómo lo hacía?), el tío Rafael entre rápidos parpadeos controlaba el rebullir inquieto de  Joselu, Perico, Manolo y Ester. Realmente fue una misa mayor y, en algún momento, mi padre en el Coro de la iglesia dejaba escapar oportunos tonos de country-folk con su armónica.
Si difícil es controlar lo racional se hace casi imposible predecir nuestros sentimientos. En estos días no he sentido pena, pero si una gran y dulce nostalgia. Poco sabemos de cómo vivir nuestras vidas y menos aun de como afrontaremos nuestro fin. Pero si hay algo que la vida nos da y que vale casi tanto como el amor que encontramos en ella, es el aprender. Y así he aprendido, con las vidas de muchos que he tenido la inmensa suerte de conocer y de amar que el final de cada uno es solo el final de toda una vida y que el que ha vivido con amor, con generosidad y alegría, no deja un rastro de tristeza a su fin, tan solo una gran y dulce nostalgia.
Me alegro de haberte querido, querido tío Rafael.