Licencia Creative Commons
Este obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported. Cuadernos de Casa Alta

lunes, 19 de diciembre de 2016

Historias del Viso - La Granja / Fiesta en los Chalets



Allá por el 69 la tribu de primos tenía ya unos cuantos ejemplares en edades gansas. Yo estrenaba los 16 y Bosco 18. Juan y Charo ya estaban en los 20, y Manola, Margarita, Mariangeles, Rafa, Jose Luis y la prima Isa iban de los 19 a los 14. Y a no mucha distancia estaban María Ester, German, Lucia, Fabiola, Silvia, Manuel y Joaquín.

En fin que lo de los villancicos y las partidas de cartas y las peleas a cojinazos y… todo lo que se hacía por allí en esos días nos parecía bien pero queríamos más. 

Una de las cosas que cambió  nuestra estancia en el Viso en esos últimos años de Navidades en común fue ‘La Independencia de los Mayores’. Pues sí, ya éramos bastantes y queríamos nuestro rincón. Así que no tardamos en señalar como leonera la casita de la Granja. Claro que para llegar siquiera a leonera tenía que dejar atrás su estado de… bueno, su cochino estado.

La casita estaba en el inicio de la parte más alta de la finca. La cuestecita que comenzaba tras pasar el corralón tenía una buena pendiente. Cientos de veces la bajé tras un aro de zinc o controlando (más o menos) a manotazos una vieja rueda de camión que hacia descender rodando desde lo alto. Más de una vez se despeño por el alto cantil que limitaba el camino y costaba sudores llevarla arriba de nuevo.

Primero hubo que vaciar los montones de cajas de madera para naranjas que allí se almacenaban. Y un montón de cebollas podridas y pegadas al suelo. Los suelos de la casita eran de color rojizo y nunca acababa de parecer limpio. Mucho barrer y limpiar jambas, alfeizares y ventanas.

Bosco ya empezó a guardar en un rincón (seguramente porque no tenía a mano una buena bolsa de plástico reutilizada) latas viejas (soñaba con Andy Warhol), platos rotos, pitañosos comederos de conejos y rotos cuadros con escenas de almanaques de Rio Tinto Explosivos con la recia muchacha cazadora, escopeta abierta mostrando los brillantes fondos de los cartuchos recién disparados, dos mustias liebres asomando en el morral, y al fondo, también muertos, un ciervo, un corzo, dos venados y tres ovejas sanguinolentas, seguramente atropelladas por el camión de reparto de la fábrica (lo que dejaba claro que no era solo la pólvora sino el espíritu de la empresa lo que garantizaba el éxito del producto).

Y cuando ya habíamos hecho sitio llegó el momento de amueblar. Ahí no solo hubo mucha ‘creatividad’ (ya nos veíamos en un sitio de Vogue fashion) sino una gran tarea de mangar sillas, sillones, mantitas, colchonetas, y demás cacharrería para Diógenes. Claro, no hubo mucha colaboración. Así que acabamos siendo los más modernos y adelantados en tendencias al hacernos parte de la mueblería a base de cajas de naranjas 30 años antes de que los ‘palés’ fueran lo más. Cajas, papel, cartones, toallas y mantas viejas y listo Calixto.

También conseguimos alguna mesa y su ropa de camilla porque en el Viso sin una camilla a mano se vivía muy mal.

La pieza clave, no obstante, la que confería carácter al lugar y esa mezcla buscada de familia aburguesada y relax desorejao, era la chaise long, el diván robado al siniestro cuarto de los armarios ¡Cómo lucía! Daba un ambiente de abandon muy conseguido.

Entre tanto Rafa, Juan y yo habíamos estado birlando entre la despensa y el socorrido hueco bajo la escalera y en donde fuera necesario, suficiente trinqui como para una botellona: Soberano, Ron Negrita, Anís del Mono, Licor 43 y la inevitable Marie Brizard imprescindible para ponerse confidencial antes de sobarte.

Por aquella época yo me sentía literalmente un Chicote pues cuando se habían retirado los tíos y los nanos me metía en la despensa y lleno de creatividad sacaba tremendos vasos con coloridas mezclas, asquerosamente dulzonas que ofrecía con desahogo a la inexperta y sin duda  desesperada clientela.

Completaban el atrezo unos cuantos ceniceros, monos jarrillos y floreros y los nuevos vasos largos de Duralex, que me iban a permitir trasladar el laboratorio Chicote al nuevo local.

Y por fin llegó el momento que marca la ocupación de una casa de campo como esta mandao: encender la chimenea. Vengan ramillas y leñas, vengan papeles y cerillas, venga soplar y venga humo, y más humo, todo humo. Al carajo con el invento, entre hostias y mecagos todos a la calle. Por más pasto que hayas quemado el humo siempre es humo.

¿Pero qué pasa?
Que no tira, no lo ves?

Al cabo de un rato pudimos entrar de nuevo y comenzar a desatascar la chimenea. No lleve bien la cuenta pero más o menos la mitad de los paseriformes y fringílidos más algunas nocturnas de la rica avifauna española habían hecho allí su nido. La que salió de allí. Al final y cuando el frio apretaba tuvimos chimenea.

Y llego el musiqueo. Y los cigarritos y el que bien se está. Aún recuerdo que bien sonaba Cream con In the Withe Room y otros buenísimos temas del álbum. Y Beatles, Moonkys, Tremeloes, Aretha Franklin, mucho sonido Filadelfia e incluso Bee Gees. Además de Jane Birkin claro. Ya hablaremos de esto más tarde.

Y en nada llegó el conflicto. La separación por edades medidas en tiempo no tiene discusión. Alguien es mayor que alguien, pero el tema se veía de forma diferente al decidir (en un legal y democrático de arriba abajo) quien formaba parte del club de los elegidos. Hasta Jose Luis no había discusión pero era la frontera y una gran cantidad de rechazados iniciaron un marcaje pertinaz del territorio. 

En las horas bobas del día (cuando no estábamos comiendo generalmente) pequeños grupos de espías trataban de infiltrarse para echar un ojo. Silvia, Ester, Alberto, Álvaro, Fernando, Perico y algunos más se encontraron una y otra vez con el ojo atento y la naranja rápida de Rafa, Jose Luis y yo mismo. Fueron peleas con auténticas escenas para reportero gráfico, las naranjas volaban como misiles y los que estábamos arriba teníamos toda la ventaja. No era para estar orgulloso pero nuestra sique no estaba ese momento para muchas concesiones. A medida que fueron creciendo pasaron al grupo, que también fue, vía novias y novios, perdiendo socios.

Así pues en ese año 69 decidimos, amén de los bailes, de los que ya se hablará, hacer una fiesta de disfraces con tono principalmente Navideño, pero con interesantes aportaciones de atrezo como mi disfraz de Pancho Villa o el increíble rey Herodes 'er jipi' que se marcó el primo Juan: una chaqueta de ante pasado, con más mierda que la manga de la pelliza de un consumero, la estropajosa peluca de San Cristóbal (o incluso del primo de san Cristóbal) de cochambre mítica que habitaba de costumbre en el cuarto de los armarios, y una cadena de hierro mojozo de dos vueltas y colgajo que había pertenecido a diversos mulos de la ganadería local. Desde luego muy real sí que era. 

Una gran patulea de pastorcillos y pastorcillas, Bosco de San José (impecable con su túnica de buena sabana y cordón) poniendo su propio Jimmy Hendrix hair y el comienzo de una barba, Mariangeles de bella Virgen y el benjamín del momento, Oscarito como el Niño Jesús arrecío, que era lo que opinaba su inconsolable madre Isabel Lobato. Casi lagrimas le costó lo de aceptar que a ‘mi niño de miarma’ se lo iban a llevar a los chalets. Para cerrar el reparto nos queda la querida Catalina, que cuando no daba alguna coz que otra era una buena burrita.

Y la salida nocturna era el tema. Por aquella época se había iniciado la primera ola de chalets en urbanizaciones y en la zona que lindaba con las arenas bajas, al final del camino que se iniciaba en la alberca, habían construido casi una docena de ellos. En días anteriores vimos que por la noche encendían sus luces navideñas y se oía música, así que pensamos ¿Por qué no nos damos una vueltecita en plan Belén caminante?

Serían casi las 10 cuando salimos del caserón y nos fuimos concentrado en la explanada de la alberca, delante de la casa de Blas y María. Al frente de la comitiva iba un nervioso Bosco cogiendo el ronzal de Catalina que llevaba a Mariangeles y Oscarito, y tras ellos Pancho Villa, Herodes el jipi y una larga y ruidosa fila de pastorcitos armados de panderetas, carracas y alguna zambomba. Como unos 20 seriamos. La noche estaba tranquila aunque fría y pudimos llevar, amén de unas linternas, algunas velas en farolillos.

El camino aunque emocionante por lo nocturno era corto, y montando una buena bulla nos acercamos al chalet más cercano, mientras comenzaba a pensar si me comía el picajoso bigote que no paraba de despegarse o renunciaba a Pancho Villa. Ni falta hizo que llamáramos, la puerta se abrió y todos gritamos ¡Feliz Navidad! Nos ofrecieron dulces y copitas lo que hizo emocionar al coro de pastorcillos y con más entusiasmo aún se inició otra ronda de villancicos.

Las puertas de otros chalets se fueron abriendo y algunos de ellos se unían al grupo y nos invitaban a pasar a sus respectivas viviendas. Más dulces y copitas e incluso alguna zanahoria para Catalina. Estábamos radiantes de alegría de ver cómo nos recibían y queríamos estar en todas partes. Como muestra de amistad imperecedera lancé mi bigote a tomar por saco en alguna parte anónima de aquel territorio.

Teníamos los ojos como platos. Para nosotros todo aquello era como estar en Hollywood: árboles de navidad iluminados, y cargados de adornos, y para nosotros, que éramos más de Belenes, aquello era de una modernidad emocionante. Con el paso de los años nos dimos cuenta que en realidad nosotros eramos los envidiados por estos modernos, pues representábamos la quintaesencia del deseo andaluz, propietarios de gran finca, con casona incluida. Las penas no se cuentan.

Uno de los vecinos, que estaba claramente en fase ‘Exaltación de la amistad’ se empeñó en pasar rápidamente a la siguiente etapa (Canticos Regionales) haciéndonos entrar en su salón con Catalina y todo. Y allá que fuimos. Su árbol de navidad estaba más ricamente adornado que los anteriores que habíamos visto y en particular unos cisnes metálicos en tono rojo burdeos y oro nos dejaron especialmente embobados. En los días siguientes no paramos de comentar, chicos y grandes, lo bien que lo habíamos pasado y las ganas y el propósito de repetirlo otros años

Entramos en su salón y entre más copitas, dulces y cantos, todos estábamos ya en el Séptimo Cielo de la fraternidad navideña. El vecino dio por terminada la fase Canticos y se empeñó en que Juan se pusiera a su altura. Herodes el jipi no se cortó un pelo (claro, era de San Cristóbal) y comenzó una pelea de gallos centrada particularmente en el wiski, otro detallazo de modernidad que te cagas.

Mientras que el grupo de los más pequeños con San José, La Virgen, Oscarito y Catalina emprendía el regreso a casa el resto nos quedamos el tiempo suficiente como para que nuestro competitivo Herodes se pusiera a la altura etílica del huésped, pasando de alegre a morao y en nada a un total alicatado de porcelanosa. El vecino tras dos buenos tropezones dio señales de rendición y fue el momento de abrazos de toda la vida y promesas de repetir. Cuando salíamos, la metálica belleza de los cisnes llamó de nuevo la atención de Jose Luis, y quizás alguno pasó a su bolsillo, aunque nunca vimos el bicho por el Viso.

La vuelta, aunque el camino era recto, fue bastante sinuosa. Herodes no cantaba pero las dos vueltas con colgajo de su noble cadena mojoza marcaban un tintinéo entrecortado que se correspondía con las desordenadas camballás que eran su forma de caminar.

Con todo y eso se empeñó en subir a la casita, pero apenas habíamos pasado de las cuadras cuando al modo quijotesco ‘comenzó a desaguar por entrambas canales’ y largó tremenda pota. Desde entonces tengo asociado el wiski al vómito y nunca deje de pensar que algo que huele a pota sea como para tenerlo en un altar. Como nota antropológica social debo decir que fue la primera tajá en directo de mi vida y agradezco al primo Juan su desinterés filantrópico en mi iniciación.

Como nota final añadiré que no hubo otro año en los chalets.

Agradezco a Jose Luis, Álvaro, Lucia, Fabiola y Silvia sus comentarios que me han dado las anécdotas y detalles que hacen chispeantes los recuerdos y las buenas historias.

jueves, 11 de junio de 2015

Historias de Cotos - La rabia (1961)




La rabia.

Hay finas nubes en el pálido celeste, como largas hojas de cuchillos, fríos puñales blancos que hieren el aire helado. Luce el sol pero apenas calienta la tierra. En las cunetas y almorrones manchas de malvas, de un verde oscuro y vigoroso, reclaman ya la primavera al húmedo invierno de la marisma. Un rumor de agua mansa surge de los canalillos que retiran las primeras aguas que inundan los campos. 

Los sonidos que el aire nos trae son las noticias de cada día: la viajera que parte hacia Sevilla, las risas en los bares y cantinas, el petardeo de pequeñas motos, el chisporroteo de una soldadora eléctrica en el taller, y de fondo el frio silbido del aire en los mimbrales y juncos de los canales.

Un coro de ladridos se oye desde la parte de la carretera que pasa por delante de la choza de los Bartolos. Un grupo de hombres llevan atraillados con correas y sogas a unos cuantos perros, y los canes familiares les van ladrando y siguiéndoles a medida que este grupo pasa por delante de las viviendas cercanas al camino. Pasan por delante de la herrería de José y el bar del Maja, atraviesan el puente sobre el canal de desagüe y siguen por detrás del grupo de viviendas en las que están la escuela y mi casa. Llegan hasta el economato.

Hacen una parada no muy larga. Oigo exclamaciones y llantos de la dueña de Marilyn cuando la pequeña pekinesa blanca es agregada al grupo. Me siento angustiado pues no entiendo cuál es la razón de los llantos ni la del heterogéneo grupo de hombres y perros. Ahora pasan por delante de mi casa. Cuatro hombres, de los que conozco tan solo a Demetrio, el padre de Deme, con escopetas al hombro o en bandolera, y 5 o 6 perros de varias razas. Galgos, perros de agua, un ratonero y la pequeña Marilyn.

Algunos hombres llevan boina, negra, como la de Torera, el pescadero. Sus ropas me parecen de una vejez que no responde al paso del tiempo, sino de un tiempo ya pasado. Anchos pantalones sin forma, tan solo una ondulada caída hasta las mugrientas alpargatas que arrastran cansinamente sobre la grava. Cinturones de basto cuero, demasiado largos, con demasiados agujeros que hizo el hambre, cuelgan con un desmayo patético más allá de las hebillas herrumbrosas. Una imagen de milicianos cansados de una larga noche de cuneta en cuneta me estalla por dentro y me estremece . La tía Carmen, el Palmar, odios y muertes ...   

Caminan los canes con la mirada desolada, el rabo entre piernas, a cortos y apresurados pasos. Caminan como he visto caminar a los hombres en Cuerda de Presos. Pero no hay discurso, ni razones en su caminar. Miran como vi mirar a un perro cuando iba a ser apaleado en el Viso por comerse una gallina. Caminan y miran como condenados, suplicando una caricia, una tan sola que los tranquilice, que les diga que aún són de nosotros, amigos, compañeros de mendrugo y de fatiga. Caminan y se alejan dejando tras de sí a un niño que nada puede hacer por cambiar un destino que no entiende. Un niño que llora, roto al fin el dique de angustias que llenan su corazón y le oprimen el alma, le oprimen ...

Aun los oigo por delante del tren parao, mas pisadas y ladridos.. Pero ya no quiero mirar cuantos son. Oigo a mi padre, que tiene también la mirada acuosa del que no aprueba pero tampoco nada puede hacer, ‘los llevan al rio..’ dice al aire, me dice y calla mientras entra en casa.

Oigo los pasos, los ladridos de perros conocidos que me dicen dónde están en ese momento sin necesidad de verlos. Se pierden en la distancia cuando salvan el puentecillo que pasa sobre el canal de riego y bajan hasta la orilla del rio frente a la casa del barbero.

Un tiro un aullido, un coro de ladridos incrédulos, ocho tiros, un último aullido apagado, que apenas conmueve el aire como el aleteo de un pequeño gorrión herido. Un silencio que me duele más. Perder se puede aceptar, perder la esperanza es morir.. Nada espero. Silencio.

‘Dicen que estaban rabiosos...’

miércoles, 29 de abril de 2015

Dialogos Intimos I - La muela



Diálogos íntimos I.

La muela.

Cotos Regables del Guadalquivir

(Época: Finales de verano de 1982)

Ha comenzado la siega. Y el trajín que esto implica. Prácticamente  no voy a bajar del tractor en todo el día.

Por la mañana, tras secar el suelo del secadero a base de barridos con las grandes escobas, extenderé la barra de arroz que pasó la noche bajo las lonas impermeables y pasaré el rastrillo para dejarlo bien expuesto al sol y acelerar su secado.

A media mañana, cuando también se haya secado el rocío que humedece los campos, continuará su trabajo la cosechadora y cambiaré al tractor con remolque para traer el arroz recién segado, pesarlo húmedo tal cual y extenderlo al sol. 

A lo largo de la jornada, si una partida está lista para enviarla al molino, pondré la pala recogedora en el tractor y acercaré el arroz a la cinta transportadora que lo eleva hasta la alta caja del camión.

Al final del día, cuando las sombras se alargan y el aire comienza a refrescar, recogeré el arroz extendido y rastrillado, para hacer una larga barra que taparemos con lonas y evitar que el rocío nocturno lo humedezca.

Y así un día tras otro hasta que la última espiga sea cosechada y comience la larga estación de tierras húmedas, llanas y grises que es el invierno en la marisma.

Un tractor es una maquina potente, pesada y lenta. Pero aunque su velocidad no sea alta su aceleración en cortas distancias es grande. Hay poco margen de error y requiere ser manejado con mucha precisión en las estrechas carreteras de grava del arrozal y en los diminutos espacios del secadero. Hay que estar bien despierto…

Y lo estoy, demasiado quizás, y  no solo por el estrés de este trabajo. Una vieja raíz molar está dándome unos días de intenso dolor. Apenas puedo tomar analgésicos que no bajen mi nivel de atención hasta un límite peligroso, y en este trabajo el límite está cerca. Tan solo de noche puedo tomar algo más enérgico. Durante el día me conformo con viejas hilas de clavo, a cuyo sabor me acostumbro y relaciono con historias del Siglo de Oro. Debo soportar el dolor …

Hay una línea verde en mi cerebro que oscila en pequeños saltos, un sonido, el tacto diferente de las superficies, el fulgor de un espejo, una risa a lo lejos, el murmullo de un motor que trabaja a su aire….De pronto un rojo chispazo me enciende los nervios de pies a cabeza, contengo la respiración, encojo los dedos de los pies, aprieto con más fuerza el ancho volante del tractor… Una línea roja quebrada como una malvada sierra oscila ante mis ojos, invade mi cerebro como una horda salvaje y violenta.

Tres días, poco descanso. Nada puedes hacer. La vieja muela palpita a un ritmo impredecible y trenza una red de dolor que me envuelve la cabeza, paraliza mi voluntad y casi no respiro para no excitar la maldad de la bestia. Nada..?

Pienso despacio, en los breves intervalos en los que la línea es casi verde, y sé que el dolor no está en mi cerebro. Tan solo es un aviso, un mensaje pre grabado que mi muela envía para decir que algo sucede. Es mi cerebro el que lo magnifica y convierte el lenguaje de la química, las cargas eléctricas que circulan por los nervios, en una rabiosa explosión de advertencia, encendidos neones de dolor…

Hay que simplificar el modelo. No es una red. Es un único nervio, cumplidor él, dedicado a su trabajo, perseverante en su función, descarnado narrador de tus miserias. Ha estado en virtual silencio durante 20 años y despierta con la energía insolente de lo poco usado. Es un único nervio…

Mil escenas de desactivación de explosivos acuden a mi memoria: el tiempo vuela entre tic-tacs, en segundos, en centésimas, los cables de colores, este no es, este no debería ser, quizás sea este… El cortante alicate tiembla, la vida puede no valer nada… Decidir, cortar!!

Yo no debo elegir. No tengo que elegir. Es un único nervio. Nada va a romperse en mil pedazos si me equivoco. Puedo hacerlo, solo voy a ganar … 

Ahora soy yo el que debe trabajar en el mapa. Hay que trazar la línea que une mi vieja muela con el excitado centro multimedia de mi cerebro. Es un trabajo que parece difícil: ¿por dónde demonios pasará realmente? Súbitamente la inspiración llega a mí como un mensaje de salvación: todo es virtual. El dolor es virtual, el trazado del nervio también lo es. Creativo, espoleado por el sufrimiento, mi cerebro desdeña el complicado mapa neurofísico y hace un brillante y sencillo croquis: veo perfectamente el rrrrooojooo cablecillo que busco.

Blando con decisión un precioso alicate cizalla, titanio cortante, fundas de amarillo suave cuero. Perfecto, preciso. Se acerca al pulsante cable, abre sus mandíbulas intactas para morder por primera vez. Será implacable. 1,2,3… Cortado.

La primera mañana de la más feliz primavera, la sonrisa de tu amor, el agua fresca de un arroyo de montaña, el primer beso, el más dulce nectar… La paz desciende sobre mí como un bálsamo de magnolias, me envuelve, me acuna… Soy muy feliz. Siento placer de una forma tan intensa que parece inmoral. Lloro de emoción. Descubrir este poder me hace sentirme redimido, espiritual, agradecido. Lloro de felicidad y agradezco a mi cuerpo su buen entendimiento con mi voluntad….

Ese día aprendí muchas cosas. No solo descubrí un poder excepcional, también impuse de forma voluntaria una restricción sobre él. Quizás alguien piense que nuestra cultura cristiana, la que me envolvió durante los años de infancia y adolescencia, nos aboca a aceptar el sufrimiento de una forma insana, absurda y patética. En nuestra actual cultura hedonista ¿por qué no disfrutarlo? No tengo una respuesta definitiva, como no las hay para hallar el sentido de la vida. Yo creo en los equilibrios, en la respuesta progresiva de que la hablan las culturas orientales: responde a un ataque con una fuerza proporcionada a la de este. Equilibrio, eficiencia… 

El sufrimiento es parte de nuestra naturaleza y el saber que podemos controlarlo nos hace verlo como un rudo amigo, que advierte, que alerta, que incordia, pero incorruptible y consejero fiel. No hay que despreciarlo, tan solo a veces … cortar el cable.